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las crónicas de jac

JOSÉ ANTONIO CONSTENLA

Escuchar es más que oír

26.06.2019 
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HOY en día se habla mucho de que hay que tener labia y oratoria, que lo importante es hacerse valer y que hay que comerse el mundo, pero se habla muy poco de escuchar. Oímos pero no escuchamos con atención, detenimiento, pausa y sosiego a los demás, pese a que esto es clave para todo lo que implique a más de dos personas. Lo explicaba muy bien Zenón de Elea: "Nos han sido dadas dos orejas, pero únicamente una boca, a fin de que podamos escuchar más y hablar menos".

Algunos sociólogos definen esta situación con la expresión "incontinencia verbal", una extraña enfermedad que consiste en no escuchar y sólo hablar y hablar, sin atender el rumbo de la conversación e interrumpiendo al otro. Esto pone muy nervioso al interlocutor, sobre todo porque en el afán por impresionar, hacemos todo lo posible por parecer más inteligentes, cultos, graciosos, simpáticos o expertos de lo que en realidad somos.

Escuchar sirve para negociar, vender, ligar, liderar, mejorar las relaciones o ayudar a los demás. Además, cuántas relaciones, de pareja, amistad o laborales, mejorarían como por arte de magia si las partes aprendiesen a escuchar más y mejor. Lo decía Hemingway: "Escuchar detenidamente te hace especial, pues casi nadie lo hace".

Saber escuchar es una actitud difícil, es una habilidad que exige apertura, transparencia y ganas de comprender. Es un arte, y como todo arte requiere formación, práctica y dedicación. Además, es un ejercicio saludable, enriquecedor y solidario, sobre todo en una sociedad en la que hay muchas personas que necesitan ser escuchadas. Quizás la razón principal por la que no sabemos escuchar, es, sencillamente, porque pecamos de soberbia, arrogancia o egoísmo. Yo, me, mi y conmigo. Lo importante somos nosotros (nuestro negocio, nuestros retos, nuestros problemas, nuestros logros o nuestras necesidades), y todo lo demás es secundario. La autorreferencialidad es algo muy extendido y es difícil encontrar a alguien que escuche despojado de todo interés o ansiedad por contar lo propio. En el diálogo socrático la verdadera cuestión que se trata no es "De qué se habla, sino aquel que habla" (Pierre Hadot).

Cuando no se escucha y solamente se habla, uno se convierte en el único centro de la conversación, mutila el diálogo, no respeta a su interlocutor y le impone un sacrificio inmerecido. Es una habilidad que exige apertura, transparencia y ganas de comprender, actitudes sin las cuales el diálogo no existe. Es también un acto de humildad que exige olvido de uno mismo y dar preferencia al otro. Es, finalmente, la mejor manera de asegurar la eficacia de nuestras palabras, que serán siempre mejor recibidas si van acompañadas de una paciente escucha. Goethe ya se percató de esto al afirmar que "Hablar es una necesidad, escuchar es un arte".

El magnífico libro de John C. Maxwell y Jim Dornan, Seamos Personas de Influencia, incide en lo importante que ha de ser la escucha para las personas que se dedican a la política. Afirma que los políticos de raza, esos que verdaderamente tienen vocación de servicio, no pueden permitirse el lujo de ignorar la voz de su audiencia, porque si lo hacen, terminan creando soluciones para problemas inexistentes, teniendo ideas y trabajando en proyectos más o menos ingeniosos, pero en realidad nada necesarios y que habitualmente no llegan a buen puerto.

joseantonioconstenla.wordpress.com