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Leña al mono, que es de goma

DEMETRIO PELÁEZ

El exagerado ‘dramón’ de las reválidas

30.10.2016 
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El curso escolar no ha hecho más que comenzar y las calles de Santiago, como las de otras muchas ciudades españolas, se han llenado ya de profesores, alumnos y supuestos expertos en Educación que, guiados por consignas políticas de todo tipo, quieren de nuevo manifestar su oposición a la Lomce y a las reválidas con argumentos variopintos.
Como toda ley que regula materias tan sensibles como la enseñanza escolar, es lógico que la Ley Orgánica de Mejora de la Calidad Educativa haya cosechado opiniones y críticas para todos los gustos, y a buen seguro se trata de un texto legislativo que precisa de notables cambios, pero muchos de los razonamientos que esgrimen los detractores más acérrimos son en realidad tan peregrinos, tan inconsistentes y tan facilones que todo indica que los abanderados radicales del no jamás se sometieron a prueba de aptitud o reválida alguna en igualdad de condiciones con otros semejantes. Y si las hicieron y las superaron, los evaluadores debieron estar aquel día dormidos o más aletargados que la marmota Phil durante los largos meses de invierno allá por Pensilvania.
En el terreno que afecta de forma específica a los alumnos, en los últimos días los espectadores del debate antirreválidas hemos tenido que escuchar de nuevo argumentos tales como que dichas pruebas se basan en el mero “aprendizaje memorístico” y son “contrarias a las nuevas corrientes pedagógicas”. ¿Einnnn? ¿Comorrrrr? Vamos a ver, hombre, ¿de verdad alguien se cree la bobada de que el aprendizaje no requiere un constante uso del ejercicio memorístico? ¿Qué nuevas corrientes pedagógicas son esas que permiten a los alumnos alcanzar un grado de formación elevado sin necesidad de poner a furrular la mollera? ¿Es que las nuevas generaciones nacen ya aprendidas y logran culturizarse solo a base de juegos o de la mera observación?
El caso es que dicha consigna se ha repetido tanto en los últimos tiempos que se ha convertido en una especie de verdad suprema por parte de la progresía pedagógica, pero lo cierto es que nadie es capaz de aprender nada si no fija en el disco duro del cerebro una serie de datos. Y, como ocurre con los ordenadores, quienes más datos logran almacenar y mejor los saben utilizar son los que, al final, alcanzan un mejor posicionamiento en el mercado y una cotización más alta.
Todo lo demás son cuentos de verano, milongas infumables, porque para recordar las principales capitales del mundo hay que ejercitar la memoria, para aprender historia ocurre lo mismo y nadie se libra, en matemáticas, física o química, de grabarse a fuego unas cuantas fórmulas en el melonar.
Otro de los líderes que se oponen de forma frontal a las reválidas, que no son más que pruebas puntuales cuyo objetivo es controlar si los alumnos han asimilado o no lo aprendido en cursos anteriores –ohhh, qué gran drama y qué terrible injusticia–, ha señalado estos días que tales pruebas pretenden dejar fuera del sistema educativo a los hijos de los obreros, declaración que, en el fondo, supone en sí un gravísimo insulto y un menosprecio gratuito a los alumnos de las clases menos pudientes. ¿A santo de qué ese supuesto experto da por hecho que los hijos de los obreros son menos estudiosos o listos que los de familias más pijotales? ¿Acaso los institutos no están plagados de adolescentes brillantes cuyos padres pertenecen, como casi todo quisque, al gremio currela?
En los últimos días también hemos podido escuchar promesas tales como que “no vamos a someter a tortura y presión psicológica a los niños y niñas de esta región y a sus padres” . Pero hombre, ¿no le da verguënza hablar de tortura psicológica al tratar un tema como este? ¿Por qué hay tanto miedo entre el profesorado a evaluar el rendimiento de sus alumnos mediante pruebas externas e iguales para todos los centros? ¿No deberían estar contentos los padres al incrementarse unos controles que pueden ayudar a corregir a tiempo, para bien de sus hijos, conductas discutibles tanto por parte de los alumnos como de los profesores, los directores de colegios y, por supuesto, las autoridades educativas. ¿O es que queremos que todo siga igual en un país al que le da pavor examinar a la fauna estudiantil por miedo a lo que pueda resultar de esas pruebas?

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