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ABEL VEIGA

Exégesis de una dimisión

12.11.2019 
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EMOTIVA, muy personal, pero sobre todo elegante. Pocos en España lo han hecho, al menos en política. Para el recuerdo otra dimisión allá por enero de 1981, la de un hombre completamente solo y políticamente roto por la traición de muchos. El hombre que luego tuvo el valor y coraje de enfrentarse a los golpistas, junto al vicepresidente, todos los demás, salvo Carrillo, escondidos. Rivera no ha estado solo en su dimisión. Él que ha sido y es hasta ayer el alma de Ciudadanos, pero también el principal responsable de sus éxitos y el gran fracaso que es fruto de la volatilidad del voto y escasa fidelidad del mismo.

La debacle es de impacto. Brutal. Y salvando nuevamente la UCD en 1982 con un casi similar 6 % de voto y los 66 escaños que se dejó en primera persona el señor Rajoy en 2015 y no dimitió, lo de este domingo en Ciudadanos era una crónica anunciada desde que en 2017 dio su peor bandazo, dejar ese hálito de cierta progresía socialdemócrata, tras flirtear con alguna dosis vaporosa de liberalismo y terminar recalando en la derecha, adornada con el adjetivo de centro. El centro es una falacia, pero a los españoles nos encanta creérnosla cual si fuéramos menores sometidos a perenne tutela.

Y el enorme error tratar de desarbolar al PP, rocoso pese a todo el torrente de escándalos que le cayeron y una peor gestión del recambio rajoyniano. La caída en abril del PP solo la salvó el aguante de algún barón que no quiso o no pudo o no le dejaron dar pasos adelante, y que en mayo salvó tímidamente los muebles gracias a pactos con Vox y el propio Ciudadanos que incomprensiblemente defendía que nada pactaba con Vox. Tanta contradicción acabó por devorar la serpiente de cascabel. Pero antes una cicuta amarga, la moción de censura. De ese golpe jamás se sobrepuso Albert Rivera. Jamás lo perdonó a Sánchez con quién lo personal tomó asiento hasta el desprecio visceral y descortés.

Mayo de 2018 las encuestas llevaban en volandas a Ciudadanos. Sentencia de la Gürtel. La caída aturdida en una media tarde lamentable y perdida de Rajoy tras un escaño vacío con un bolso. Medianoche madrileña, calle Alcalá. Un adiós tardío. Pero Rivera vio esfumarse por la izquierda y el olfato oportuno de Sánchez.

A partir de ahí, cerrazón, ceguera, discurso bronco y no escuchar a nadie. Casi le sale bien. Tumbar presupuestos, toda la oposición al unísono y oportuno. Momento de máxima debilidad del PP y a tratar de dar la sorpresa, pero la realidad se empecinó, y él y Arrimadas y su cúpula aún más mintiendo descaradamente que eran ya el líder de la oposición. De nada sirvieron los Nart o Roldán o muchos otros que en 2017, casi quinientos pequeños cargos, que habían avisado de los bandazos y dieron portazo.

Mientras la actual cúpula y ejecutiva, igual que otras, salvo las de las rosas negras y cuchillos largos de un domingo de octubre de 2016 en Ferraz, aplaudían y daban alas al líder. Todos ellos son responsables por acción y omisión igual que Rivera de este desastre. Todos. Pero la elegancia del líder dimitiendo, algo que además solo han hecho Almunia, Frutos y Rubalcaba, les honra.

Y a Albert más porque él lo hizo casi todo, por no decir todo, en un partido que una vez ilusionó y se vio como aire fresco, sobre todo cuando enarboló una bandera que derribó pronto, la de la regeneración. Hoy concepto olvidado. Sin duda es y ha sido en estos tres o cuatro últimos años, pese a sus graves errores, el mejor político nacional que ha tenido el ruedo ibérico. Y la forma en que ha dimitido y lo que ha dicho en su adiós honra la talla humana y emotiva del personaje. Políticamente hundido, pero personalmente ha demostrado valores y convicción, sobre todo diciendo algo que muchos políticos no tienen, y es que Rivera tiene a donde ir, porque no ha vivido toda su vida de los aparatos y cargos y prebendas de un partido, como muchos en el PP o en el PSOE o en los nacionalistas gobernantes.

Esa es la diferencia. Y es muy importante. Por ello, señores, chapeau por Albert Rivera, "desnudo como los hijos de la mar", como diría el poeta y aquel cartel con el que hace más de una década arrancó su vida política. La politología y el comportamiento electoral estudiarán el auge y declive de la formación, pero para el recuerdo esta segunda gran dimisión en cuarenta años de vida política en esta democracia, tras la de Suárez.

Profesor universitario