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ABEL VEIGA

La fosa y el sonajero

19.08.2019 
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LAS entrañas de la tierra custodiaron los cuerpos. Lo han hecho siempre. Los abrigan, los esconden, los sepultan. La tierra es caprichosa. A veces, conserva algo más que un esqueleto. Que unos huesos, ropa, suelas de zapato, botones, incluso como sucedió en una fosa en Burgos, conservó el corazón y los cerebros de decenas de fusilados una noche de 1936. Burgos, pero podía ser cualquier provincia de aquella España rota por la brutalidad. Ocho décadas después todo se envuelve en una metáfora. Les arrancaron la vida por sus ideas, y hoy algunas fosas, sin embargo, nos relatan dentro de la atrocidad, del asesinato, del disparo a bocajarro, de la cal viva, de la nocturnidad, humanidad.

En Carcavilla, provincia de Palencia hace unos años encontraron los restos de Catalina Muñoz. Fusilada tras un juicio militar, en septiembre de 1936. El esqueleto está completo. Dos disparos, en la cabeza y el pecho. Pero allí, entre los restos, un sonajero de color. Un sonajerito rojo y azul. 83 años después, ahora, se conoce esta historia. Eran hombres y mujeres con ideas, sin otro pecado. La acusaron de ir a manifestaciones. Ella lo reconoció. También la acusaban de dar vivas a Rusia. Su marido estaba detenido meses atrás. Cuatro hijos. La mayor 11 años, el pequeño, nueve meses. Y ese era su sonajero. Hoy, Martín, aquél bebé, tiene 83 años y solo ansía poder recuperar los restos de su madre antes de morir.

Aquellas dos Españas devoradas por la ira, por la radicalidad de los violentos que mataron la democracia. La primera democracia que hubo, pero que todos llevaron al precipicio. A la pregunta del historiador Viñas que titula su libro, "¿Quién quiso la Guerra Civil?", probablemente solo cabe decir, que todos la quisieron.

En la cobardía de la noche, bajo un cielo expectante, silencio. Silencio tras la aberración. Silencio tras los disparos. Barbarie, atrocidad. Al alba, cuando los primeros luceros roban el alma a la noche perdida, fusilamientos. Al alba, cuando ya las estrellas se esconden tras el misterio de la noche, robaron vidas. Al alba, cuando el silencio derrite las lunas oscuras y el velo del misterio, el escarnio se consumó. Al alba, cuando los cobardes inclinan la cabeza y esconden su fechoría, les dieron muerte. Sin juicio, sin culpa, sin pecado. Ser de izquierdas, republicanos, sindicalistas, haber votado a la República. Los mataron. Guerra y barbarie. Pero también ser falangista, ser de derechas, o religioso, o terrateniente llevaba un castigo, la muerte. Una guerra de fusilados.

Una guerra de fosas comunes, escondidas en el corazón de los montes, los márgenes de los ríos, las cuevas. Pero esas fosas fueron para los derrotados. Silencio de décadas abrazado al miedo, a la vergüenza, al falso olvido. Muertos tras la noche y en la noche, en Poyales (Ávila), en monte Acevo (Lugo), en La Pedraja (Burgos), en Carcavilla y tantos lugares. Cientos y cientos de fosas. En cualquier lugar de nuestra impertérrita geografía, como tantos y tantos, la vida se acaba, sólo un testigo, la noche, testigo mudo y trágico del asesinato. Cuerpos desnudos, humillados, mazados y acribillados. Amontonados en una carreta, camino de la tierra, desnuda y robada el alma también. Hambre de sangre extenuada, hambre vil y visceral.

Izquierda y derecha, fanatismo, semillas de odio inoculadas durante años, décadas, clasismo, pobreza, desigualdades, miseria, falta de educación. Niños hechos hombres ante la muerte.

Profesor universitario