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crónica personal

PILAR CERNUDA

El futuro de la UE empezó

16.09.2018 
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En los pasillos del Parlamento Europeo en Estrasburgo, donde se celebran todos los meses tres días de plenario, corre el chascarrillo de como notar si Juncker ha tomado alguna copa de más: si al llegar besa a los eurodiputados que se sientan la primera fila -los líderes de los grupos- se ha dado una alegría al cuerpo; si se sienta directamente entre sus compañeros del Gobierno europeo, quiere decir que ha pasado del café al hemiciclo directamente. Y dicho lo cual, los mismos eurodiputados que cuentan entre risas que al luxemburgués le gusta darse un homenaje de vez en cuando, añaden que es de los tipos más cabales y eficaces que ha pasado por la presidencia de la Comisión. Sin ir más lejos, recuerdan, ha conseguido meter en cintura a Trump respecto a su política comercial con la UE, lo que no consiguieron Merkel ni Macron en sus reuniones con el presidente de Estados Unidos.

El pasado miércoles Juncker pronunció su último discurso sobre el estado de la Unión. Corto y al grano, sin concesiones a ningún tipo de componendas, desplegó con sinceridad los retos a los que se enfrenta la UE y admitió que, si no se plantean con rigor, la Unión Europea está en peligro. No por el brexit, tan asumido que ni siquiera es fácil que haya marcha atrás incluso en el caso de que el Reino Unido decida celebrar un nuevo referéndum, porque la última palabra la tiene el Parlamento Europeo y en los dos últimos años han tenido la ocasión de ver cómo se las gastan los británicos y no les gusta nada su desafecto. Pero la crisis provocada por la llegada masiva de inmigrantes, la mayoría de ellos refugiados -o habría que decir más bien huidos de guerras civiles y limpiezas étnicas que piden refugio- además de provocar diferencias de criterio entre los distintos gobiernos, incluso caída de gobiernos, ha potenciado los partidos populistas y antieuropeos que encuentran terreno abonado entre aquellos ciudadanos que, preocupados por la situación interna de su país, la precariedad de empleo, la escasez de viviendas o la mediocridad de sus servicios públicos más esenciales, culpan a los inmigrantes de provocar todos sus males.

El racismo y la xenofobia ha provocado que la izquierda socialista se encuentre en caída libre, que los conservadores sean mayoría, pero estén perdiendo votos a chorros, incluida la CDU de Merkel que incluso puede perder la mayoría absoluta que durante décadas ha gobernado Baviera, la CSU, partido hermano; y que los países nórdicos, que siempre han sido ejemplo de estabilidad en sus coaliciones, y de donde han salido políticos de izquierda de gran influencia en la Unión Europea, hoy ven cómo la extrema derecha avanza peligrosamente, hasta el punto de que se han visto obligados a reconsiderar su política de puertas abiertas hacia los inmigrantes, considerada ejemplar por el resto de los países.

Preocupa además en esta UE en crisis, la situación económica, que empieza a deteriorarse; el hecho de que varios de los países de la antigua órbita de la URSS -sobre todo Hungría y Polonia- se toman las normativas europeas a título de inventario, con el polémico Orban, presidente de Hungría a la cabeza. Pero ni se plantean abandonar la UE, porque dejarían de recibir las ingentes cantidades de dinero que reciben como ayuda al desarrollo los países más precarios. Pero preocupa sobre todo la pérdida gradual de los valores fundacionales de la UE.

En los próximos meses se celebran nueva elecciones generales en países de la UE, además de las elecciones de mayo en las que se eligen a los nuevos eurodiputados y de las que saldrán los tres cargos más importantes, los presidentes de la Comisión, del Parlamento Europeo y del Consejo Europeo. Existe el temor generalizado de que esas elecciones, tanto las generales como las europeas, puedan sufrir algún tipo de injerencia exterior, como desgraciadamente ha ocurrido en los últimos años. Nadie señala a Putin con el dedo, pero sí sotto voce. El dirigente ruso niega todas y cada una de las acusaciones que se le han hecho desde que es presidente, pero no hay un solo político occidental que no esté convencido de que Rusia tiene mucho que ver con la potenciación de los extremismos o de los movimientos independentistas que tanto desestabilizan a los países de la UE y por tanto a la UE entera.

Periodista