El Correo Gallego

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Medio siglo de cine

Ezequiel Méndez

'Los golfos', de Carlos Saura

26.03.2010 
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El cine español de hace cincuenta años respiraba patriotismo incesantemente. Comedias intrascendentes -mal realizadas y peor interpretadas-, folclore rancio -de coplas, cuplés y andalucismo barato-, dramas insoportables -enfáticos y cargados de moralina-, manidas historias religiosas -con tintes hagiográficos y apostolizadores-, ensalzamiento de la tauromaquia, falsas y tendenciosas historias guerracivilistas, imposibles adaptaciones literarias. Todo bajo la más descarada, estricta, indocta e inapelable censura clerical y gubernamental. El país real no se veía reflejado en las pantallas, sólo se atisbaba a través de las rendijas que, con imaginación y riesgo, abrieron unos pocos y osados productores, guionistas y realizadores.

Los sesenta nos darán la promesa encerrada en un Nuevo Cine Español que intentará ser más comprometido políticamente, menos miserable socialmente, intelectualmente menos espurio, estéticamente aceptable e industrialmente robusto. En 1959, premonitoriamente, Carlos Saura (Huesca, 1932) -verdadera bisagra entre dos generaciones de realizadores-, con Mario Camus y Daniel Sueiro en el guión, Juan Julio Baena en la fotografía y Pedro Portabella como productor (Films 59), dirige su primer largometraje, Los golfos. Sin embargo, no fue estrenada hasta el verano de 1962, a pesar de haber sido seleccionada para representarnos en el Festival de Cannes de 1960 -única ocasión en la que fue proyectada íntegramente-. Como quiera que Saura se había negado a las pretensiones de Sáenz de Heredia ("los trapos sucios se lavan en casa") de cortar algunas escenas consideradas inconvenientes, la comercialización del film fue seriamente entorpecida: presentada a la censura cuatro veces, fue mal clasificada, declarada de nulo interés y obligada a sufrir cortes de más de diez minutos. Hoy sigue siendo prácticamente desconocida.

Seis jóvenes de la deprimida, suburbial y chabolista periferia madrileña malviven con el producto de sus asaltos, hurtos y rapiñas. Sólo uno de ellos, Juan, trabaja como cargador, eventualmente, en el mercado de frutas de Legazpi, y es a él a quien los demás tratan de ayudar, solidariamente, para hacer realidad su sueño de ser torero. Aunque consiguen reunir el dinero que les pide el intermediario, todo se tuerce. Paco y El Chato son identificados por un taxista víctima de un atraco mientras venden entradas para el debut de su amigo; Paco, en su huida, se esconde en una alcantarilla y, de madrugada, aparecerá muerto en un estercolero. Por la tarde, en la plaza de Vista Alegre, se celebra la corrida con un resultado desastroso: entre abucheos y silbidos, tras varios intentos fallidos, Juan consigue matar al toro. Así terminan las ilusiones de una redención individual y colectiva.

Huyendo del componente moralizador y sentimental propio del neorrealismo -y revelando todos los límites y torpezas de una opera prima-, la aproximación al realismo crítico del free cinema junto con su experiencia previa como documentalista (El pequeño río Manzanares, La tarde del domingo, Cuenca), son más que evidentes. No en vano, declaró Saura, "frecuentaba además la tertulia de Sánchez Ferlosio, los Aldecoa, Martín Gaite y Fernández Santos, en el Café Comercial de Madrid" (Agustín Sánchez Vidal, El cine de Carlos Saura, CAIM, Zaragoza, 1988). Los golfos, rodada íntegramente en escenarios naturales, es una muestra más de la lucha por la supervivencia, una amarga fotografía de un mundo de vencidos, de personajes destrozados por su irreductible impotencia interior, el enfrentamiento de un grupo de jóvenes contra una sociedad que los ha abandonado a sus primeros impulsos, y, al mismo tiempo, un testimonio subjetivo de un estado de ánimo generacional.

Utiliza aquí Saura una peculiar e intencionada fragmentación de secuencias, donde el desarrollo dramático de la escena se encuentra truncado en cualquiera de sus partes, esencialmente cuando ya no es necesario explicar más las cosas porque las consecuencias de los hechos expuestos se manifiestan en escenas posteriores. Se produce así un montaje seco y directo, muy audaz y heterodoxo formalmente, muy poco complaciente con los hábitos tradicionales del espectador, pero altamente elogiado en su día por Karel Reisz (autor de la muy influyente Teoría del montaje, editada en castellano por Taurus en 1960)

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