El Correo Gallego

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LOGUIÑO DE CRAREAR

XOSÉ RAMÓN R. IGLESIAS

Infelices los infieles

11.11.2018 
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Si hace apenas unas semanas se publicó una encuesta que decía que los gallegos eran los ciudadanos más infelices de España, en esta que hoy cerramos se dio a conocer otra que afirma que también somos los habitantes más desconfiados del Estado. Dejando a un lado el proceso intelectual que lleva a algunas personas a realizar trabajos demoscópicos de este tipo, el resultado no deja de ser curioso. El gallego es infeliz y desconfiado. Un cóctel demasiado explosivo desde el punto de vista psicológico, que quizá requiera del Ejecutivo de Feijóo una especial manera de gobernar, siquiera para estabilizar la salud mental de sus administrados.

Sin olvidar que las dos conclusiones que aquí se combinan son producto de dos sondeos independientes, sería interesante conocer -y tal vez sea labor de la Xunta averiguarlo- si los estados de ánimo que reflejan ambas encuestas están interrelacionados y si uno es consecuencia del otro. A primera vista, y a falta de la necesaria opinión especializada, con la que sin duda cuenta cada uno de los conselleiros, parece comprensible que una persona desconfiada tenga verdaderas dificultades para ser feliz. De manera que, si los expertos confirman esta teoría, el gallego no sería infeliz porque el paro afecte de lleno a su unidad familiar o porque trabaje como una mula -hay estadísticas que también indican que somos los que más horas bregamos al año- para no llegar nunca con desahogo económico a fin de mes. Nada de esto, el gallego sería infeliz porque es un ser desconfiado. Pero que no cante victoria el Gabinete autonómico, cambiar la manera de entender el mundo de un escéptico puede ser más dificultoso que crear las condiciones laborales más idóneas para la clase trabajadora.

Según la encuesta referida, uno de cada cuatro gallegos no se fía de quienes lo rodean. Si esta proporción se cumple en todos los ámbitos, en el Parlamento de Galicia habría 18,75 señorías desconfiadas. Como el 0,75 ya se sabe que es el resultado de los impersonales cómputos estadísticos -aunque para su explicación también puede ayudar la pieza publicada en esta misma página, abajo a la derecha-, debemos centrarnos en los 18 diputados enteros. Los catorce de En Marea, el grupo parlamentario al completo, tienen todas las papeletas para ser tachados de recelosos, pues su largo historial de broncas y deslealtades internas les delata y todos ellos tienen poderosas razones para no fiarse ni de su propia sombra, sin necesidad de salir del entorno de su misma formación. Además, tampoco es que se les vea demasiado felices o, al menos, sus rostros no dejan traslucir ese estado de ánimo durante las sesiones, reuniones e incluso ruedas de prensa celebradas en la Cámara de O Hórreo.

Los catorce de En Marea están localizados, pero, ¿dónde se esconden los otros cuatro? En el PP, la desconfianza está prohibida por ley, o debe estarlo, por las unanimidades que concitan todas y cada una de las decisiones del Gobierno. El Bloque, donde el sectarismo fue seña de identidad durante décadas, tiene en la actualidad, al igual que los populares, un grupo parlamentario granítico y bien llevado, así que los que faltan por recontar tendrán que sentarse, necesariamente, en los escaños del PSdeG. Tal vez las recientes no primarias por la candidatura a la Xunta o las que tuvieron lugar hace un año para elegir al secretario xeral dejaron alguna que otra desavenencia personal que desemboca en la desconfianza.

Pero que no se preocupen los dirigentes de estas dos fuerzas llamadas a entenderse para gobernar varias ciudades, las suspicacias conforman un mal que tiene cura. El propio Feijóo votó a Felipe G­onzález en el 82 -en vez de a Fraga- y hoy nadie se lo reprocha ni desconfía de él en su partido. Leiceaga no sólo votó al BNG durante años, sino que militó en él y ocupó cargos de responsabilidad pública desde sus filas, y tampoco le va mal en el PSdeG, donde alcanzó el puesto de portavoz parlamentario. Casi idéntico es el caso del rupturista Luís Villares y aunque no se puede decir que lo traten bien en En Marea, sus problemas no vienen derivados de su pasado bloqueiro. La única que siempre se mantuvo fiel en las urnas a su propia formación fue la lideresa nacionalista Ana Pontón, aunque, vistos los escrutinios electorales, los gallegos no valoran tanto la fidelidad como la evolución de los políticos.

En la campaña de 2009 que aupó a Feijóo, el portal match.com publicó que el 40 % de los gallegos era infiel, porcentaje que coincidía con el de indecisos, que son los que determinan los cambios de Gobierno. Al final, el origen de todo está en los cuernos. La infidelidad causa indecisión, que provoca desconfianza y ésta, infelicidad. ¿Y qué hacen los gallegos infelices? Pues votar a Feijóo, que igual hubiera preferido una ruta del voto más glamurosa. Pero los gallegos somos así de complicados.

Café con Junqueras, con azúcar

Otra vez el BNG se adelantó a Anova. En esta ocasión, en la peregrinación a la cárcel de Lledoners para visitar al presidente de ERC, Oriol Junqueras. Ana Pontón y Ana Miranda cumplieron con el Jubileo nacionalista -realizando el Camino de Santiago a la inversa- con más de un mes de antelación sobre Beiras y Antón Sánchez, que lo harán el 10 de diciembre. La diferencia temporal, no obstante, no responde a la pachorra de unos y a la diligencia de otros, sino a la distribución de números que lleva personalmente el líder republicano, que maneja tal cantidad de peticiones de audiencia, que la lista de espera supera la del Sergas. Y como el Bloque apoyó a ERC, mientras Beiras animó a votar a la CUP, las Anas pasaron antes. Las nacionalistas criticaron la evidente represión del Estado, pero no aclararon si con Junqueras hablaron de presupuestos, como Pablo Iglesias. Ni si lo hicieron de las cuentas gallegas, donde piden un impuesto a las bebidas endulzadas. Aunque se supone que tal medida nunca se la aplicarían a su anfitrión. Tras un año en prisión, estará él para tomar el café sin azúcar.

Diputado fantasma en O Hórreo

Desde que Gonzalo Caballero anunció sus intenciones de entrar en la Cámara de O Hórreo, en sus escaños ni son todos los que están, ni están todos los que son. Hay un diputado socialista por la provincia de Pontevedra del que en realidad ya se puede decir que no es diputado, dado que a punto está de cumplirse la fecha de caducidad que le impusieron, y hay en la sede central del PSdeG un diputado in péctore en la persona del nuevo secretario xeral, llamado a ocupar su sitio. Mientras el representante socialista fantasma no abandone el edificio legislativo ni acceda el designado a suplir su espectro, este grupo parlamentario vivirá en la provisionalidad más absoluta, ya que el cambio no sólo afectará a los dos que lo protagonizarán, sino que supondrá una redistribución general de cargos y funciones, empezando por la portavocía principal, que pasará de Leiceaga a Caballero. ¿Y cuándo actuará el cazafantasmas? Si Gonzalo es consecuente con las razones por las que aceleró sus primarias, debe entrar de inmediato. Salvo que el no diputado sea tan difícil de expulsar como el fantasma de la ópera.