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ABEL VEIGA

El insulto

07.12.2018 
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HACE meses, en un pueblo de Cuenca, un idiota, solo un idiota podría actuar así, negó la asistencia a un acto público a una mujer de 49 años con síndrome de Down. Según ha trascendido, su presencia podía molestar a los demás asistentes. Probablemente no sea esta la única vez que ocurren hechos así, a diferencia de otras ocasiones ha trascendido a la opinión pública. La indignación de la familia es total, pero debe serlo de una sociedad entera si a estas alturas todavía ocurren sucesos así. La empresa que organizaba el evento no tardó en pedir disculpas y rogar para que la denuncia por discriminación no se interpusiese. Omitimos todos los nombres.

Acabamos de conmemorar hace una semana el día frente a la discapacidad. Está ahí, con nosotros, nos puede tocar directa o indirectamente en cualquier momento. Es una ruleta, en esta eterna montaña viva que es la vida. No olvidemos lo frágiles que somos.

Todavía en este país somos demasiado dados a la torpeza dolosa, a la mediocridad reflexiva, a la ignorancia y a la estulticia total. Que estos hechos aún ocurran refleja muy bien el talante y el cariz de una sociedad adocenada, sin reflexión crítica, abúlica de pensamiento, atontada por todo lo superfluo y hedonista de sí misma. Pero una sociedad frágil, extremadamente frágil, perdida, autocomplaciente y muy vacía. No hace mucho Antonio Muñoz Molina, por todos conocido, aseveraba en una entrevista que las generaciones actuales solo legarán a las que nos sigan, basura. Confieso que me sorprendió en un primer momento tal reflexión pero a poco que uno lo piense, probablemente no le falte razón a tan significativo escritor.

Qué estamos haciendo y construyendo, qué esperamos hacer y legar a quiénes algún día tomen nuestro relevo, parece ser hoy un interrogante difícil ya no de responder cuanto siquiera de importar a alguién. Vivimos demasiado aprisa en una mediocridad cotidiana donde solo nos importa el yo más egoísta y vacuo que probablemente haya existido. Somos complacientes convidados de piedra en una sociedad indolente con los más débiles, con los que sufren, con los enfermos, con los ancianos cuya soledad grita pero no queremos escuchar. No nos gusta el diferente, el distinto, conforme a nuestros hipócritas patrones de falsa perfección atribulada.

Insultamos pero no educamos. Gritamos pero no reflexionamos, hablamos de todo, pero somos auténticos ignorantes o becerros de oro egoístas, vacíos, superfluos, de barro lacunoso sin embargo. Es triste, pero somos así porque consentimos ser así a pesar de todo lo que tenemos y podemos hacer. Ingratos. Y nos creemos mejores que nadie en esa vanidad henchida de demagogia, cinismo, egoísmo e idolatría propia. Cuando una persona con síndrome de down, un mendigo, un enfermo, una persona de otra razón o condición sexual difieren de nuestros códigos de mezquindad, ¿cómo reaccionamos? ¿pregúnteselo usted así mismo?

Periodista