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JAIME BARREIRO GIL

Cada cosa a su tiempo

20.06.2019 
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SI los acuerdos poselectorales para la conformación de gobiernos en ausencia de mayorías absolutas resultan demasiado ruidosos, teniendo en muchas ocasiones un tufo de anómalo cambalache, cámbiese la ley electoral para ponerles coto, pero no se le den más vueltas a la perdiz sin llevarla nunca al puchero. Hay que repetir cuantas veces sea necesario que, en el marco legal electoral actualmente vigente, todos los acuerdos que se estuvieron venteando estos días se han alcanzado con plena y absoluta legalidad. Y yo no entro a considerar si me gustan más o menos sus resultados. Sólo digo que todos ellos están amparados y legitimados por la ley.

Otra cosa es que, muy especialmente ahora que han emergido nuevas formas de representación política -aunque a niveles locales la situación tampoco es nueva, pues en ellos el multipartidismo ya tiene tradición-, se considere que es mejor para la pulcritud exigible a la tal representación, con el más escrupuloso respeto a la voluntad de la ciudadanía, que se quieran cambiar las reglas.

Hay quien propone que, en caso de que no exista aquella mayoría absoluta o siquiera suficiente, se reconozca primacía a la lista más votada. También hay quienes creen que sería mejor, antes que dar tratos desiguales, devolver la palabra a los propios electores, celebrando segundas vueltas. Cualquiera de esas dos propuestas y cuantas otras se quieren formular, podrían ser perfectamente legales; ninguna de ellas estaría libre, claro está, de todo defecto ni tendrían necesariamente una aceptación general y absoluta. Pero cualquiera y todas podrían ser perfectamente legales, amparadas por la propia ley.

El mero hecho de que se le quiera poner coto a las consecuencias desestabilizadoras con que se muestra a veces el multipartidismo, seguro que sería rechazado como un menoscavo democrático por las fuerzas políticas de menor envergadura o más oportunistas. Pero lo que no es tolerable es que estas y las otras sólo traten sobre este asunto a la vista de sus propios resultados electorales y, por consiguiente, conveniencias circunstanciales.

¿Quieren cambiar las reglas de juego? Vale. Háganlo. Pero ahora ya, en fresco, antes, mucho antes de que se vuelva a votar, y no por el provecho de cada uno sino por el general de la ciudadanía. Cada cosa a su tiempo. Si esperan a echar cuentas antes de concretar propuestas, hay que pensar que todas estas quejas y opiniones sólo son eso, verborrea de cuentista. Juegos malabares que al público en general le hacen temer que lo que haya votado es lo de menos.

Doctor en Economía