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POSDATA

JAIME BARREIRO GIL

Cada uno para sí

11.10.2018 
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NO debe extrañar la ruptura del bloque separatista en el Parlamento de Cataluña. Ni que vuelva a unirse otra vez. Sus actuaciones tienen un marcado carácter oportunista, más de maniobra que de estrategia, de modo que pueden llevar a cualquier sitio. Parece que habían llegado a pensar que con tener claro un deseo para el final de término bastaba, y ya pueden ver que no: también tenían que haber logrado previamente claridad con respecto al tránsito, y esto ni lo tenían ni lo tienen.

Aún más: ahora parece que su situación se les complica a cada paso porque las expectativas electorales de sus grupos principales son cada vez más diferentes. Puigdemont ha llevado las cosas demasiado lejos, colocando a todos al rebufo de su propio plan de supervivencia, con costes políticos que implican la puesta en riesgo de la de cada quien. Y eso resulta especialmente grave para ERC. La CUP puede soportar cualquier cosa, porque su plan es un contraplan; no le importa si resulta desestabilizador o no, pudiendo serle mejor incluso siéndolo. Ella no tiene una estrategia de conquista del poder, sino sólo de disolverlo. Pero ERC es otra cosa: ella si que aspira a que, en su ansiada república o sin ella, se configuren formas institucionales de poder en las que, como corresponde a cualquier partido al uso, quiere ser una fuerza política determinante y, si fuese posible, la más. Aquí sí que se habla de poder. Y es por eso por lo que no puede ni esperar ni corear a Puigdemont. Pueden ser sus socios, pero no sus meros seguidores. El suyo, para ellos, por eso, es un liderazgo suicida.

Todo esto está en la base de esta ruptura de la que ahora hablamos. E incluso de situaciones tan curiosas como la de que, en el tránsito político, parezca que ERC está más dispuesta a apoyar a Sánchez en el gobierno español que Puigdemont y, desde luego, la CUP. El acuerdo con los socialistas puede servir para viabilizar esa recuperación institucional que ellos necesitan para llegar a ser, cualquiera que sea su identidad final, una fuerza de Gobierno. Los de ERC no son agitadores sólo porque sí. A Puigdemont no le queda más remedio que serlo. Y los de la CUP es lo que quieren ser. Esas son las diferencias. Por eso acaban yendo cada uno por su lado.

Pero ojo: precisamente por haber ido demasiado lejos sin las debidas previsiones, cada vez están más atrapados en un todo o nada, que también es cada vez más inviable para Cataluña y para España. Sólo queda retroceder, pero eso, que es tan fácil de decir, es muy difícil de hacer. Por eso ellos están atrapados. Y nosotros también.

Doctor en Economía