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El Correo Gallego

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JAIME BARREIRO GIL

La cultura del pacto

13.06.2019 
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NO voy a negar que pueda resultar un poco agobiante este tiempo de búsqueda de pactos para formar gobiernos entre grupos políticos que no hayan logrado por sí mismos una mayoría electoral autosuficiente. Incluso acepto que puede resultar una experiencia poco edificante. Pero me niego a echar la culpa de todo ello a los políticos, así, en general, como solemos hacer casi siempre, con desdén y descalificación. Al fin y al cabo, la base de la situación en que los hemos puesto a negociar está formada por nuestros propios votos; fuimos nosotros los que hemos delimitado el campo y los equipos de juego; somos nosotros los que hemos legitimado legalmente sus reglas.

Tenemos que ser nosotros, en fin, los que ahora les dejemos que hagan lo que puedan. Aún más: no se puede celebrar el fin del bipartidismo, que evitaba todo esto, y renegar al mismo tiempo de las consecuencias prácticamente inevitables del multipartidismo. Así que, queridos vecinos, paciencia.

Otra cosa es que podamos echar de menos un poco de esa cultura política que en el resto de Europa no sólo ayuda a entender sino también a dar paso a acuerdos pluripartidistas, incluso entre referentes de bandos ideológicos muy distintos, que también ayuda a moderar los gestos y actos propios de la convivencia democrática, en beneficio de la gobernabilidad y de la estabilidad institucional, que son cosa de interés indiscutible para los ciudadanos y vecinos. Yo al menos, la añoro. Entre otras cosas, porque no creo que la política no pueda ser más que una guerra desde trincheras inamovibles.

Creo que nuestros representantes deberían disponer de un margen más amplio para procurar acuerdos de gobernabilidad, en los que se detallen asuntos, tareas, periodificaciones y dotaciones, sin necesidad de hacer dejación de sus propias preferencias programáticas. ¿Qué problema hay para que se diga que, de aquí a cuatro años, en el primero se hará esto, en el segundo aquello otro, en el tercero algo más y en el cuarto lo que quede por hacer, que la responsabilidad de la gestión de esos deberes será de este o de aquel, y que los demás se colocan en posición de supervisión y control? A ver, ¿qué lo imposibilita? ¿Las diferencias ideológicas? No deberían ser, al menos si suponen desatención de los intereses más concretos de los vecinos. No se puede estar en política para hacer sólo lo que se quiere, sino también lo que se debe.

Pero, oye, que apenas estamos entrando en esta nueva manera de hacer la política. Habrá que ir aprendiendo. Y mientras, lo dicho: paciencia.

Doctor en Economía