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ABEL VEIGA

Jarrones, floreros...

11.08.2018 
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EN un país hipócrita como este, o donde las dosis de cinismo y desdén hacia los demás son altas, hagan lo que hagan, hagamos lo que hagamos, siempre se pondrá en solfa. Se criticará, se denostará. Aquel viejo dicho de que no solo hay que serlo, sino parecerlo, parece un castigo, máxime si la persona es la mujer consorte de un presidente. Todo se pone bajo lupa. Se le cuestiona lo que haga, lo que diga, lo que vista. Es este país rancio de mentalidad. Tragicómico y esperpéntico. No hay visita de jefe de Estado extranjero donde se comparen como visten o no las consortes de los respectivos jefes. Porque, por desgracia, aún es éste, el mundo de los jefes de Estado, obsolescentemente machista. Llegan el histrionismo de alguna prensa a comparar modelos, vestidos y entallamientos. ¿Acaso no se acuerdan la foto de espaldas subiendo unas escaleras de quién fue primera dama de Francia, Bruni con la reina actual de España? Portada de medios de tirada nacional.

Y mientras permitamos esto, mal favor hacemos. La polémica viene ahora porque, ser la mujer de un presidente del Gobierno, parece que significa no hacer nada, no poder hacer nada, y quizás, por imperativo de los hipócritas, ser una mujer florero. Lo que es un insulto total a la mujer y a la sociedad en la que vivimos. Cada una puede y debe elegir y optar por hacer lo que quiera hacer, pueda hacer y le guste o apetezca hacer. Sea desde pedir una excedencia en su puesto laboral como hizo la esposa del anterior jefe de Gobierno, sea optar a la política como hicieron las mujeres de los en su día presidentes González y Aznar. Pero no somos nadie para escrutar, cuestionar y menos criticar lo que hagan o quieran hacer, porque tienen todo el derecho a decidir ellas como personas y ciudadanas.

La polémica viene ahora porque salta a la luz estos días que la mujer del actual presidente del gobierno "ha fichado" por una institución académica para desarrollar sus planes en África. Y ya los apósteles del martirio mediático y partidista de partidos políticos, la han defenestrado a ella, al marido, al partido del gobierno y en un no va más, comparado qué pasaría si fuese la mujer del líder de otro partido. Es la ambivalencia de los discursos vacío, hipócritas, cainitas y es, en el fondo, la radiografía de una forma de ser de los españoles. Envidiosas y lo que es peor, despreciativo hacia todos. Decía un gran literato español, también actor, que en España el mal no es la envidia, sino el desprecio. El cómo despreciamos a los demás. Otro día les daré los apellidos de ese actor tan magistral como cascarrabias. Pero para el deite sus extraordinarias interpretaciones de El abuelo o La lengua de las mariposas.

Y la pregunta, ¿debe el consorte de un presidente, ministro, etc., renunciar a su puesto cuando se copan los oropeles del poder, o renunciar a nuevos proyectos u ofertas una vez que se está en ese poder pasajero? Claro está, el mérito, que nadie piense que es la empresa o institución que busca algo subrepticio cuando ofrece esos puestos al consorte, ¿o no?

Profesor universitario