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CARLOS LUIS RODRÍGUEZ

Cuando Job quiera

07.12.2018 
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NO hay mal que por bien no venga. No es una buena noticia que una derecha dura alcance representación parlamentaria aunque se trate de una formación que, a diferencia de otros extremos, no dio golpes de Estado, ni protagonizó escraches, ni levantó barricadas en calles que consideraban suyas. En todo caso los andaluces acaban de demostrar que esa inhibición que parecía protegernos contra un tipo de populismo que ya es comun en el resto de Europa, dejó de funcionar. El recuerdo de la dictadura ya no reprime el surgimiento de estos movimientos. No sólo porque han pasado muchos años desde que el dictador reposa en el Valle de los Caídos, sino también debido a la habilidad de Vox para desvincularse de cualquier vinculación franquista.

¿Dónde está entonces lo positivo del asunto? En eso que los americanos llaman checks and balances y tanta estabilidad dio, de momento, a la política estadounidense. Aplicado al caso español quiere decir que determinados gestos, decisiones y amagos tienen consecuencias electorales. No son gratuitos. Tanto la moción de censura contra Rajoy como decisiones posteriores relativas al desafío independentista, se hicieron confiando en que la paciencia de la sociedad española sería ilimitada. El franquismo susodicho la habría vacunado contra cualquier brote de nacionalismo español, hasta el punto de que el más mínimo patriotismo que se expresara fuera del fútbol parecía estar socialmente penalizado.

En definitiva, que el goteo de provocaciones del otro nacionalismo sólo encontraría la santa actitud de Job. Si acaso algún despliegue de banderas en los balcones que acabarían marchitándose. Que el enojo ante el insulto permanente a lo español se tradujera en las urnas estaba descartado. Siempre pesaría más lo social que lo simbólico, de manera que el Gobierno tendría todavía un amplio margen para flirtear con Torra y los demás, con tal de que las cesiones fueran acompañadas de medidas de clara tonalidad progresista. Es de suponer que en esta valoración tendría mucho que ver la cocina del Centro de Investigaciones Sociológicas a la que debería visitar Chicote para descubrir platos en mal estado.

Fallaron las previsiones. Muchos andaluces seguramente se preguntaron por qué un nacionalismo es respetable y el otro no y por qué un nacionalista catalán goza de licencia para denigrar, mientras que el patriotismo hispano más modoso hay que agacharlo no sea que se le moteje a uno de facha. Y votaron en consecuencia. Es un aviso que va a impedir que haya propuestas demasiado "imaginativas" para aplacar al independentismo. Cada cesión no supondrá ganancia de votos en el constitucionalismo catalán, pero sí una perdida en el resto de España. De ahí que no sea aventurado pensar que tendremos de nuevo al Pedro Sánchez de antes que veía en el president de la Generalitat al Le Pen español y que comparecía en los mítines con el trasfondo de una gran bandera. El españolismo redivivo marca los límites de lo admisible en el diálogo con el nacionalismo periférico. Seguir actuando como si no existiera sería lo más parecido a un suicidio.

Periodista