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TRIBUNA LIBRE

JOSÉ AGUILAR

Lucía Bosé: El adiós a un enigma en azules

27.03.2020 
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SE HA MARCHADO  una de las actrices más bellas del cine, una mujer profunda, adelantada a sus propias circunstancias, preocupada por cada una de las inquietudes que navegaban en un barco que, por momentos, se presentaba claustrofóbico y en el que debía erigirse como abanderada de su lista de razones con las que muchas veces quería terminar.

Todo estaba lleno de luces, pero entre los silencios que buscaba entre los rostros de los ángeles, encontraba otros espacios alejados del glamour y de la fama que, en muchos momentos, le resultaban imprescindibles para encontrar el verdadero equilibrio.Pude tratarla, compartir horas de conversación, entrevistas, homenajes… en momentos muy diferentes de nuestras vidas en los que había espacios polícromos para hablar de lo profesional, de lo personal y también de los rincones oscuros del ser humano, de los que era tan conocedora por su intuición salvaje y por la capacidad que tenía para una observación minuciosa en la que no existía el desánimo. Yo era jovencísimo, casi un adolescente, cuando la conocí gracias a Antonio D. Olano, que en aquellos años me aconsejaba, me aconsejaba mucho, junto a Luis Sanz y Mercedes Salisachs. Desde aquel primer instante me subyugó por su presencia, por su mirada, por sus preguntas inteligentes, por aquellos silencios en los que se bañaba voluptuosa para deleitarse en unos ritmos que sabía marcar para atraparte en un tiempo eterno del que no querías escapar. Podías escuchar durante horas su anecdotario personal digno de cualquier filme, unas historias repletas de nombres del gran mundo que para ella eran parte de lo cotidiano.

Hubo un momento en el que pensamos escribir un libro sobre sus vivencias en el cine, pero no llegamos a un acuerdo con la editorial. Con el paso de los años nos damos cuenta de que nuestra vida no solamente está marcada por lo que hacemos sino por lo que no hacemos…

Con un espíritu aristocrático Lucía se paseó por el celuloide de la mano de realizadores como: Antonioni, Fellini, Giuseppe de Santis, Jean Cocteau y, ya en España, Basilio Martín Patino o Bardem. La pantalla adoraba su fotogenia, su belleza, a la que el tiempo acariciaba con generosa astucia. Su personalidad para tomar cualquier decisión se enseñoreaba en las raíces de lo humano, barnizada con algunas pinceladas de una naturaleza elitista que le susurraba melodías regias. La fuerza de su mirada y una presencia rutilante hacían todo el trabajo desde los balcones de su propio enigma. Tenía que hacer tan poco para salir victoriosa en cada papel que debía abordar que sus personajes dibujaban su historia de una forma natural. Los directores comentaban que no eran necesarias muchas indicaciones para guiar sus trabajos, porque todo fluía desde una respiración pausada en la que, a pesar de los matices, no había sobresaltos.

En mi memoria cinematográfica siempre permanecerá la maravillosa secuencia de La casa de las palomas, dirigida por el malogrado Claudio Guerín, en la que ella desciende por una escalinata para encontrarse, después de los años, con su amor prohibido. Sí, lo prohibido...

Ahora ya están todas las cartas boca arriba Lucía, como a ti te gustaba, entre aquella verde pradera de Somosaguas que nunca olvidaste.