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JOSÉ ANTONIO PENA BEIROA

Fiscalidad, donaciones y centralismo

05.06.2019 
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UNA diputada madrileña, filósofa por formación, quizás inspirada en el pensamiento de Friedrich Nietzsche, se cree capaz de imponer su propio sistema de valores y no solo criticar, sino imponer, la prohibición de donaciones o imputar acusaciones de esquivar el pago de impuestos a la principal empresa gallega, que ni un solo euro debe. No es igual de incisiva con el fraude fiscal. Por ello no dice ni pío del principal moroso de la hacienda pública, que no es otra que una empresa madrileña que debe más de 360 millones de euros, probablemente irrecuperables.

Ni tampoco parece importarle que sean tres empre- sas madrileñas las principales adjudicatarias de contratos públicos en infraestructuras, de esas infraestructuras que, en su práctica totalidad, pasan por Madrid y que generan negocio a la capital del Estado por el solo hecho de serlo. ¿Todos los caminos van a Roma? No, a Madrid, la autonomía inventada en 1983. Las principales empresas gallegas no viven a costa del erario. En porcentaje sobre el PIB Galicia es la segunda comunidad en exportaciones mientras Madrid solo es la decimocuarta.

Tampoco debería hablar de elusión fiscal, lo que no es defraudación, una contribuyente a la que con ingresos anuales de 61.000 euros le aplican una retención de tan solo el 14 % a sus ingresos mensuales por su condición de diputada, cuando a cualquiera de nosotros nos retendrían el 27 por ciento Casi 8.000 euros más.

Tal generosidad se ampara en el artículo 17.2.b) de la Ley del IRPF, que permite que una parte de sus ingresos se consideren gastos de viaje y representación, aunque no gaste ni un euro en eses conceptos. Por el contrario, ese impuesto, para el común de los contribuyentes, obliga a justificar hasta el último céntimo. Pero, ¿lo suyo no es elusión?

Omite decir la diputada que en esta periferia, o provincias como gustan llamar, de los 251 millones recaudados en 2014 por impuesto de sucesiones, el 40 por ciento lo fue a cos- ta de dos herederos, cuando en la comunidad inventada, reconvertida en paraíso fiscal al estilo de la City de Londres, recaudaron 2,5 millones que deberían haber sido 240. Si tanta elusión fiscal pretendiesen los criticados por su señoría habrían trasladado su residencia fiscal a la capital del Estado. O, precisamente, ¿no será que le molesta que esos grandes contribuyentes no residan en su paraíso fiscal?

En cuestiones como la que nos ocupa, por un la-do, manifiesta su profun- da ignorancia en materia fiscal y, por otro, se le descubre la acentuada vertiente jacobina que la izquierda madrileña es incapaz de disimular. Pero lo peor es que sus correligionarios en Galicia se callan o le ríen la gracia.

Economista