El Correo Gallego

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EL SONIDO DEL SILENCIO

JOSÉ CARLOS BERMEJO(*)

Más que una anécdota: un seductor iluminado

25.08.2019 
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La historia es muchas veces el saber de lo singular, porque estudia a las personas reales y los hechos singulares. Por eso hay quien dice que la historia no podrá nunca ser una ciencia, porque el único conocimiento verdadero es el conocimiento de lo universal. Los teoremas de las matemáticas y la leyes de la física son válidos siempre y en todo lugar. Debemos admirar el valor de los descubrimientos científicos y la formulación de leyes de validez universal. pero nunca debemos confundir el conocimiento con estereotipos, etiquetas y dogmas políticos, religiosos, étnicos, o de cualquier otro tipo.

Y PARA ESO NOS ES MUY ÚTIL LA historia, que nos enseña que dogmas y etiquetas son acérrimos enemigos de la verdad, baluartes del fanatismo y refugio de personas poco inteligentes y mezquinas, tanto en el pasado como en un presente que da culto a la banalidad y da a entender que todo se puede reducir a tópicos, lemas, iconos y propaganda.

VAMOS A CONTAR UNA HISTORIA VERDADERA, tomada de las actas de un proceso de la Inquisición, estudiado en su momento, 1817, por Juan Antonio Llorente, que fue inquisidor antes que historiador y que precisamente por eso sabía muy bien de lo que hablaba. Y esta historia habla de un tópico: el sexo entre el clero y el sexo en los conventos, pero de una manera más que curiosa, porque en este proceso judicial parecen haberse intercambiado los papeles de acusadores y acusado.

DEBEMOS COMENZAR POR DECIR QUE LA INQUISICIÓN española fue cualquier cosa menos un Tribunal benévolo. En su haber tiene el haber quemado vivas y en público a

31.912 personas entre los siglos XVI y XIX; haber quemado "en efigiE" a 17.659 cadáveres desenterrados a tal efecto, o a imágenes de personas fugadas; y haber condenado a penas muy graves de carácter infamante, que podían incluir la confiscación de los bienes y transmitían la vergüenza de la culpa de generación en generación, a 219.450 personas.

LOS SEÑORES INQUISIDORES NO SE PARARON en barras y juzgaron a príncipes, como don Jaime de Navarra y don Juan de Austria, a prelados, teólogos, escritores luego canonizados como santos, reyes e incluso a fray Bartolomé Carranza, arzobispo de Toledo y cardenal primado de España, nada más y nada menos. Su poder extraordinario se explica porque eran algo así como un tribunal de excepción, que no respetaba las normas procesales del propio derecho canónico, ni las del derecho civil y penal de momento. La Inquisición tenía una red de confidentes, que se beneficiaban de exenciones fiscales, lo que dio origen a la corrupción. Esos confidentes formulaban denuncias anónimas, y los acusados desconocían el nombre de denunciante e incluso la causa por la que eran detenidos y luego juzgados. La Inquisición, como los tribunales

civiles, utilizaba la tortura en los interrogatorios, con lo que conseguía confesiones arbitrarias, y las condiciones de su calabozos eran notoriamente malas. En ellos se podía

permanecer meses o años en espera del proceso, y si no se tenía algún tipo de privilegio en el trato y la alimentación, la muerte por enfermedad le podía sobrevenir al preso en unos tres meses.

TODO ESTO ES BIEN SABIDO, PERO EL CASO del fraile capuchino que vamos a contar pone las cosas patas arriba. Este fraile -Llorente no da su nombre porque las actas no eran públicas- llegó a España desde Cartagena de Indias para ser juzgado por herejía. En realidad lo que había hecho era cometer el delito de solicitación, que consistía en abusar del privilegio que daba ser confesor de los pecados de mujeres y hombres para acabar por lograr satisfacciones sexuales de los penitentes. La solicitación estuvo siempre castigada, pero en cada época se investigó más o menos y se castigó en la misma proporción, según la vista gorda de quien debiera haberla siempre perseguido, lo ue no fue el caso en nuestra historia.

NUESTRO FRAILE NATURAL DE GAYANES, Valencia, llegó a América como misionero y fue provincial de su orden. Y tuvo el mérito de pervertir sexualmente a 13 monjas de un monasterio en el que vivían 17, dejando fuera de sus artimañas a tres ancianas y otra monja poco favorecida por la naturaleza. La estrategia de nuestro múltiple tenorio consistía en que en la confesión de cada una de las trece monjas aisladamente les decía la siguiente genialidad: "Nuestro Jesucristo ha tenido la bondad de dejárseme ver en la hostia consagrada, al tiempo de la elevación, y me ha dicho: casi todas las almas que tú diriges en el beaterio son muy agradables en mi presencia, porque tienen verdadero amor a la virtud y procuran caminar a la perfección, pero particularmente fulana (aquí incluía el nombre de la "solicitada"). Su alma es tan perfecta, que ya tiene vencidas todas las pasiones, menos la de la sensualidad, la cual le atormenta mucho por ser muy poderoso en ella el enemigo de la carne, mediante su juventud, robustez y gracias naturales, que la excitan en sumo placer; por lo cual en premio de su virtud, para que se una perfectamente a mi amor y me sirva con la tranquilidad que no goza, y merece por sus virtudes, te encargo que le concedas en mi nombre la dispensa parcial que necesita y le basta para su tranquilidad, diciéndole que puede satisfacer su pasión, con tal de que sea precisamente contigo, y de modo que para evitar el escándalo, guarde riguroso secreto con todo el mundo, sin decirlo a nadie, ni aún a otro confesor, porque no pecará, mediante la dispensa del precepto que yo le concedo con esta condición, para el santo fin de que cesen todas sus inquietudes y adelante cada día más en la práctica de las virtudes".

La cosa le iba bien a nuestro multi-tenorio hasta que la más joven de las monjas, de 25 años, enfermó y pidió otro confesor, al que le contó la historia, permitiéndole que la contase a la Inquisición. El tribunal abrió un proceso en el que las demás hermanas voluntariamente confesaron el engaño de la revelación de su confesor, y fueron dispersadas cada una de ellas a otro convento diferente. El pícaro místico-sexólogo fue trasladado a España, para evitar el escándalo de un juicio en Cartagena de Indias, y allí se le ofrecieron dos vías en su proceso: la herejía o el pecado de solicitación.

Al principio defendió la validez de su curiosa revelación, que mejoraba la virtud de las monjas en modo horizontal, y en el proceso utilizó unos argumentos bíblicos que aunaban la erudición con la caradura. Como por ejemplo que Dios dispensó a Abraham del delito de homicidio ordenándole matar a su hijo, o permitió a los israelitas robar a los egipcios. El inquisidor Llorente le llamó la atención de este modo: "Pero, padre, es bien raro que tan grande virtud hubiera en trece jóvenes bien parecidas, y no en las tres viejas y la joven fea", a lo que contestó: "El Espíritu Santo inspira donde quiere"; replicándole Llorente: "También es raro que el Espíritu Santo quiera inspirar tales dispensas en favor de las jóvenes de buena cara y no de las feas y viejas". El acusado continuó con su erre que erre, cual político actual que se precie, hasta que el inquisidor Ceballos, que curiosamente no era una mala persona y además debió de tener en cuenta la condición eclesiástica del reo, le dejó bien claras sus opciones: ser quemado por hereje, por sostener este disparate teológico-sexológico, o reconocer su pecado.

Hecho el balance, nuestro fraile eligió la penitencia antes que la hoguera y dijo: "He mentido y jurado en falso todo, vuestra señoría mande escribir lo que guste que yo lo firmaré". Fue condenado a cinco años de reclusión en un convento de su orden, retirándole la voz y el voto en el claustro, sus licencias sacerdotales, y a ser pasado por la zurra de rueda, un ritual similar al que se aplicaba en los ejércitos, en el que cada fraile debía azotarlo en público, levantando acta del castigo.

Pero aquí viene lo más curioso: nuestro fraile suplicó cumplir la penitencia en las cárceles de la Inquisición, de acreditada mala fama por su severidad, diciendo: "Señores, como he sido provincial y guardián, sé mejor que vuestras señorías la caridad que usamos con los frailes malos cual yo he sido: me costará la vida el suceso". Y así fue, la "caridad" de sus hermanos hizo que a los tres años apareciese muerto, no sabemos si porque alguno de los frailes se consideró iluminado por la "cólera de Dios", o por otras oscuras razones que a veces anidaban en los claustros.

La moraleja es evidente: el mundo no es ni bueno ni malo, ni tiene sentimientos. La bondad y la maldad están en nuestras acciones, sentimientos y pasiones. Cada cual es lo que hace, y no lo que dice, y por eso al juzgar a los demás debemos pensar que todos somos humanos y nadie es omnisciente ni tiene la perspectiva de Dios. versalidad de la familia.

(*) El autor es catedrático de Historia Antigua de la Universidade de Santiago de Compostela.