El Correo Gallego

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JOSÉ CARLOS BERMEJO(*)

Los asnos togados

30.09.2018 
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TODOS LOS GRUPOS HUMANOS Y TODAS LAS INSTITUCIONES se basan en unos principios que los regulan. Esos principios pueden ser implícitos, es decir, que no están escritos en ninguna parte pero que los miembros del grupo si conocen y practican, o explícitos. En este segundo caso esos principios están plasmados en normas y leyes que es obligado cumplir, aunque no se conozcan literalmente. Pero en todos los casos ningún grupo ni ninguna institución puede durar si sus miembros no asumen y hacen suyos esos principios, y si no hay normas y mecanismos disciplinarios que castiguen a aquellos que los incumplen, ya sean esas normas la omertá y el asesinato de la mafia, o las penas impuestas por las sentencias de los tribunales.

FUE EN LA UNIVERSIDAD DEL PARÍS MEDIEVAL, compuesta de religiosos en su mayor parte que se dedicaban al estudio del derecho y la teología, donde uno de sus maestros, Pedro Abelardo, creó el ritual de la tesis doctoral. Un tesis doctoral era un acto público en el que un aprendiz exponía oralmente una tesis de su maestro y la defendía basándose en sus argumentos y apoyándose en las citas de la Biblia y los autores clásicos. Terminada su exposición oral -recuérdese que no existían ni el papel ni la imprenta y que los libros se escribían con esmero sobre pergaminos- todos los doctores de la universidad le ponían objeciones que el candidato debía responder.

DIJO EUGENIO D'ORS UNA VEZ que todo lo que no es tradición es plagio. Y en parte es verdad, y por eso conviene reflexionar sobre qué significa ser original en una tesis doctoral o un libro. En la Edad Media el peso de los clásicos paganos y cristianos era inmenso, y por eso se decía que solo somos enanos a hombros de gigantes. Vemos más que ellos no porque seamos mejores, sino solo porque estamos colocados sobre sus hombros y bebemos de sus citas. En esta época se podían hacer poemas llamados centones y cadenas en los que no se podía utilizar ningún texto que no fuese de un poema anterior. A veces se permitía que las conjunciones y preposiciones fuesen obra del autor del nuevo poema, pero otras no. Y además se podía intentar que ese poema escrito con los restos de otros poemas prestigiosos adquiriese una forma geométrica, por ejemplo la de una cruz si el poema estaba dedicado a Cristo.

¿SON LOS CENTONES PLAGIOS? No, porque todo el mundo conoce los versos que se van injertando. Son obras originales y la calidad de sus autores se medía primero por los conocimientos de literatura que demostraban, por su erudición, y luego por su ingenio para entrelazarlos en algo nuevo, en un nuevo poema que decía algo totalmente diferente a los versos que lo componían. Si alguien se atribuyese esos versos quedaría en ridículo, porque eran de todos conocidos; lo que se valoraba era que supiese tejer con ellos algo distinto, porque así demostraba que en su texto la tradición estaba viva. Él y sus lectores bebían de esa tradición y compartían los valores estéticos y morales en los que se basaba, dándoles nueva vida. Por eso la tradición no era plagio. Como no era plagio que un filósofo citase constantemente a Aristóteles y a los Padres de la Iglesia, ni era plagio que un jurista citase constantemente leyes y precedentes legales.

EN LA EDAD MEDIA SE SIGUIERON LEYENDO las fábulas escritas por los autores griegos y latinos y en ellas los animales encarnaban los vicios y las virtudes humanas. Entre ellos estaba el asno, famoso por su escasa inteligencia, e incluso originalidad. El asno no habla, rebuzna y no sabe razonar, ni elegir. Juan Buridán creo la alegoría del asno en la que su protagonista tenía que escoger entre dos montones de heno que pesaban exactamente lo mismo. Como solo sabía que había que escoger siempre el más grande, porque es el mejor, se murió de hambre. En la escultura de las catedrales y en las miniaturas de los códices podemos ver asnos vestidos de fraile o de obispo y asnos que predican en el púlpito. Hubo asnos con hábito, tiara, y por supuesto asnos en las universidades. De hecho el insulto más frecuente entre profesores era llamarle al rival asno. Como la universidad nace en la Edad Media y vive de su tradición sería conveniente ver quienes en ella son los asnos togados y escuchar cómo suenan sus rebuznos.

VAMOS A COMENZAR POR LAS NORMAS Y LA decencia explicando cómo en la USC y en tantas otras universidades se puede hacer que las tesis tengan una calidad digna, como mínimo. La historia de una tesis es la siguiente. Un alumno busca un profesor que le sugiera un tema, lo avale y le dirija todo su trabajo a lo largo de varios años. Ese tema ha de ser original. No se puede descubrir lo que ya está descubierto y además hay que desarrollar el trabajo siguiendo un método establecido y partiendo del conocimiento actual de un materia, o lo que es lo mismo, formando parte de una tradición científica y compartiendo los valores científicos, profesionales y morales de cada comunidad científica.

ACABADO EL TRABAJO TRAS TRES O MÁS años de esfuerzo continuado la tesis debe ser aprobada para su presentación por una escuela de doctorado y depositada encuadernada. Pasa entonces a estar a disposición de todos los doctores de la USC, como en la Edad Media, que pueden pedir su retirada. Superado el trámite se nombra un tribunal de tres expertos entre ocho propuestos por el director@. Todos han de acreditar que conocen el campo correspondiente y tienen trabajos publicados en él en los últimos años. Una vez nombrados han de hacer un informe autorizando la defensa pública de la tesis y avalando su calidad. Esa defensa se hace en público. El tribunal pone las objeciones pertinentes y todos los doctores presentes en la sala pueden pedir la palabra, además del director, que no puede ser juzgador de la tesis. ¿Hay alguna duda de que estas normas están bien hechas y que garantizan la calidad de una tesis? No la habría si los miembros de la comunidad académica asumiesen esas normas y respetasen los valores en los que basan: la honestidad, el respeto a los datos y los métodos de investigación, el reconocimiento del valor del conocimiento establecido previamente, y el honor y la respetabilidad de la universidad. Pero esto no siempre es así.

SABEMOS QUE LAS TESIS SON CADA VEZ MÁS FLOJAS, lo que no quiere decir que sean fraudulentas; que los temas de los que tratan son cada vez más intrascendentes, y que algunos directores y miembros de los tribunales son cada vez menos rigurosos. En parte porque ellos mismos son cada vez menos competentes, y porque se desprecia cada vez más el estudio y la asimilación del conocimiento global de las diferentes disciplinas, y en parte porque hay una gigantesca presión sobre los alumnos para que se doctoren, sobre los profesores para que dirijan tesis, sobre los grupos de investigación para que sumen tesis como habas. Una universidad no es una fábrica de tesis doctorales y da rubor que se exhiba como mérito el número de tesis leídas cada año, que en la USC suman más que una por día laborable.

LA CANTIDAD NO ES calidad y sabemos por la ley de Gresham que la moneda mala desplaza a la buena y que la inflación del número de tesis hace que la tesis pierda su valor, e incluso que llegue a no valer nada, porque su tema es banal, sus conclusiones son casi insignificantes y además porque hay tesis hechas a prisa y corriendo, y que son malas no solo porque sean plagios, sino porque son platos precocinados.

SI LAS UNIVERSIDAD ACEPTAN tesis de temas banales, permiten que se hagan a toda prisa, si además los directores de las tesis y los miembros de los tribunales no se las leen, y si ningún profesor habla con claridad de tesis prematuras y malformadas para no meterse con otro profesor, el director, y para evitar que nadie se meta con sus propias tesis, entonces tenemos abonado el terreno de la corrupción académica, de la que son responsables quienes la practican y no las universidades por sí mismas, si aplican con rigor las normas que ellas mismas se han dado. De nada sirve pasar una tesis por un ordenador para ver si está copiada. Si el director y el tribunal no lo saben al leerla es que son unos asnos o unos inmorales. El problema no es contar líneas o páginas iguales. Se pueden hacer colchas con trozos de telas y esas colchas son a veces obras de arte. Hay obras maestras conscientemente construidas con fragmentos. Lo malo es que también hay gobiernos hechos con remiendos parlamentarios, y sabe que quien hace un remiendo hace un ciento.

*El autor es catedrático de Historia Antigua de la Universidade de Santiago

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