El Correo Gallego

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EL SONIDO DEL SILENCIO

JOSÉ CARLOS BERMEJO(*)

¡Disparen con pólvora del rey!

17.11.2019 
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Si un grupo de profesores universitarios dijésemos que nos tiene que dar dinero y que cuanto más dinero nos dé, más rico será Ud., pensaría que le estamos tomando por tonto, o bien que los tontos somos nosotros, o por lo menos caraduras. La inmensa mayoría de los profesores universitarios ni somos tontos ni caraduras. Si no lo somos, deberíamos preguntarnos por qué no se cesa de pedir dinero para la investigación, conocida con las siglas I+D+i, tomando siempre como referencia el PIB. Vivimos en una era a la que los filósofos y los sociólogos han bautizado con diferentes etiquetas: la "era del vacío", la del "pensamiento débil", la "sociedad de espectáculo", cuando no directamente la "era de la estupidez". Y es que vivimos ante un rechazo casi global al pensamiento, la reflexión y el estudio. Todo ello se sustituye por lemas, palabras vacías, siglas y etiquetas en los terrenos de la política, la sociedad, las instituciones educativas y científicas. Y una de esas etiquetas es el PIB y sus porcentajes.

Se dice que en una economía moderna un porcentaje de su PIB debe dedicarse a la investigación, y se recurre a la comparación, porque quien no quiere pensar ni estudiar hace comparaciones y pone ejemplos. Intentaremos explicar este asunto, tratando de entender primero qué es lo que pasa, lo que es la misión de la historia, y luego saber de qué estamos hablando, lo que es la misión de la filosofía. Y centraremos nuestra reflexión sobre Galicia, tomando como punto de partida los presupuestos del 2020.

En el año 2011 el gasto en investigación en porcentajes del PIB en el mundo osciló entre el 4,5 % de Israel o el 3,8 % de Finlandia y el 0,7 % de Eslovaquia, estando España en torno al 1,5 %. A Alemania, la primera potencia industrial de Europa, le correspondería el 2,8 %. Es curioso que países pequeños como Israel, Finlandia, Suecia o Dinamarca sean los que tengan un porcentaje más alto de gasto en investigación. Su PIB es muy pequeño y esos porcentajes no se corresponden con su contribución al conocimiento global, que depende de las grandes economías mundiales.

Según las estimaciones de Angus Madison para 2030, el mundo tendrá entonces, salvo catástrofes no previsibles, unos 8.175 millones de habitantes, de los que 1.456 serán chinos. Y hay que tener en cuenta que la población es un parámetro económico esencial, tanto para el consumo como para la producción. El PIB global sería de unos 96.580.000.000.000.000 de dólares, de los que corresponderían a China unos 22.983.000.000.000.000, y a los EE. UU., por ejemplo, unos 16.983.000.000.000.000. Sin embargo, no por eso los chinos vivirán mejor que los norteamericanos, pues la renta per cápita de cada habitante de China sería de unos 15.763 dólares, mientras que la del norteamericano medio sería de unos 45.774 y la del español de 26.832. Lo que quiere decir que no se vive mejor en un país solo porque tenga mayor PIB. Veamos por qué.

El PIB es una abstracción. Es la suma de todo lo que se puede medir con dinero en un país a lo largo de un año. Es la suma del consumo, la inversión, el gasto público y la balanza de pagos, o lo que es lo mismo, la suma y resta de importaciones y exportaciones. Un país con mucho consumo es un país en el que los ciudadanos viven mejor, porque tiene mejores salarios y empleos que les permiten consumir lo que se produce y se importa. Lo que se consume se produce, y si se consume más se produce más y para hacerlo hacen faltan empresas y empleos, por lo que la economía mejora. Y además como el Estado vive básicamente del IVA, que es un impuesto al consumo, y del IRPF, que es un impuesto a las rentas del trabajo, pues cuanto más se consuma y se produzca, más rico es el Estado y por eso al aumentar sus ingresos puede aumentar su gasto, y ese gasto, a su vez, si es en pensiones y sueldos públicos hará que se consuma más y se incentive la producción y el empleo. Si, por otra parte, el Estado utiliza su dinero como inversión y crea empleo o empresas, relanzará la economía de la misma manera.

Lo bueno es vivir en un país en el que el consumo sea una parte muy grande del PIB. En el sur de los EE. UU., antes de la Guerra de Secesión, el consumo era muy bajo, porque parte de la mano de obra eran esclavos, Sin embargo, esos estados exportaban toneladas y toneladas de algodón, por lo que su balanza de pagos les era muy favorable. Y si de un año a otro incrementaban la exportación un 10 %, su PIB crecía mucho, pero no el bienestar de las personas. Lo mismo podríamos decir de las economías de la Alemania nazi, la URSS, y otros países durante la Segunda Guerra Mundial. En ellos la inversión en investigación fue altísima. De hecho, desde 1939 a 1945 se crearon más innovaciones tecnológicas que desde 1800 a esa fecha. La producción industrial se disparó por las nubes, lo que no quiere decir que la Segunda Guerra Mundial y sus 60 millones de muertos sean un modelo que seguir. En la actualidad los EE. UU. centran su innovación en el complejísimo mundo de todo lo que tiene que ver con la defensa, como hizo la URSS, pero a nivel global los EE. UU. se están desindustrializando y su población se empobrece.

Cuando los profesores piden su porcentaje de PIB confunden el PIB con el presupuesto del Estado. En Japón, Corea, China, Alemania o los EE. UU. entre el 60 y el 70 % del gasto en investigación lo cubren las empresas propias o la inversión extranjera. En España en ese mismo año 2011 las empresas no llegaban al 45 % y en Argentina al 20 %. Todo lo demás venía de los fondos públicos.

Si pensamos un poco en la Galicia del 2020 veremos que su PIB es de unos 62.878 millones de euros. Su población de unos 2.700.000 con más de un 35 % de mayores de 65 años. Si le hacemos caso a los profesores y les damos el 1,5 % del PIB gallego para que investiguen, les corresponden unos 943 millones solo para investigar. Pero ¿de dónde los sacamos del PIB? ¿Inventamos el impuesto de la ciencia del 1,5 % y se lo hacemos pagar a los consumidores con el IVA, o a los inversores? ¿Gravamos las exportaciones con un impuesto similar? ¿Le cobramos ese impuesto a Inditex, que factura unos 26.000 millones, o a la automoción, que factura unos 8.680 millones? Todo esto es un cuento de hadas. Inditex, por cierto, acaba de pagar al MIT 5 millones de euros para que realice una investigación para su industria porque considera que las universidades gallegas no se la pueden hacer. Y pretender cobrarle un impuesto para la ciencia sería ridículo. Los profesores lo saben, cuando están en pleno uso de sus facultades, porque lo que ellos quieren es dinero del presupuesto de la Xunta.

Comparemos la cifra que piden, cuando hablan del PIB, 943 millones, con el presupuesto real de Galicia, que son 10.149 millones. En él el mayor gasto es Sanidad: 4.108; le sigue Educación con 2.446; Política social con 776; Economía con 539; Infraestructuras 376; Mar, 166; Medio ambiente 164; Medio rural 537. ¿Qué persona sensata que viva en el mundo real, y no confunda PIB con presupuestos, puede pedir esto? Nadie, solo quienes viven al margen de la realidad. Y es que el problema de la economía española es su deuda pública de 1.200.000.000.000, cuyos intereses se comen casi toda la recaudación por IRPF. Y eso no se arregla investigando. La investigación puede mejorar la industria, pero la comercialización también, y si no díganselo a Amazon. Y además hay sectores que requieren I+D y otros, como la agricultura y el turismo, casi no los necesitan. Y muchas veces unas tasas aduaneras o unas crisis bancarias hacen tanto daño a un país que no hay investigación que lo salve.

Los profesores piden dinero y ofrecen ciencia, pero la ciencia son muchas cosas que no se miden en dinero. Compro una botella de vino con 20 euros y dos con 40, pero no duplico el conocimiento doblando la inversión. Nosotros los universitarios, herederos de los frailes de la Edad Media, hacemos como ellos. La iglesia pedía dinero a cambio de indulgencias y gracia divina, nosotros a cambio de ciencia. La gracia no se puede medir, pero un avispado profesor del Oxford del siglo XIV, Robert Holcot, lo intentó. Traduzco un párrafo memorable: "Sea AC la longitud total de la gracia que posee Lin y AB la gracia de un niño pequeño; el exceso de gracia de un adulto con respecto a ese niño es entonces BC. Podemos concluir lo siguiente. Ese adulto podría pecar, y podría entonces tener una gracia inferior a AC y posteriormente una gracia inferior a la anterior, llegando así hasta el infinito..." (Super quatuor libros sententiarun quaestiones, IV, quaestio 1, art 7). ¿Qué pasaba en Oxford? ¿Bebían mucho sus profesores, o es que habían inventado la evaluación científica de la gracia divina, que ahora hemos sustituido por la de la ciencia, para seguir pidiendo dinero?

(*) El autor es catedrático de Historia Antigua de la Universidade de Santiago de Compostela.