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{el sonido del silencio }

JOSÉ CARLOS BERMEJO

El infierno son los alumnos

12.06.2016 
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NO HAY NADA de lo que se hable más en la universidad y que se desconozca más que la propia historia. Las universidades tienen una larga historia y en ella han mantenido sus virtudes y sus vicios fundamentales. Desde la Edad Media, los profesores han sido maestros en sutilezas y hábiles urdidores de todo tipo de tramas que les permitieron defender sus intereses. Es muy curioso que a la vez que las universidades nació en Europa la idea del purgatorio, y con él la idea de las indulgencias, según la cual se podían lograr descuentos en la redención de nuestros pecados que tenía lugar en este sitio intermedio entre el cielo y el infierno. El descuento de las penas se hacía según el tiempo, y se podía lograr mediante unos documentos pontificios llamados bulas que permitían conmutar años de sufrimiento por pagos monetarios. La venta de bulas y la figura del bulero llegaron a ser una peste en la propia historia de la Iglesia. Los protestantes las atacaron con rigor y hoy en día las bulas han desparecido en el campo eclesiástico. Pero tienen una curiosa supervivencia en la universidad.
Si en la universidad hay algo que se parezca al infierno, es la docencia. Todo el mundo quiere evitarla y da la impresión de que nadie quiere ir al aula. Por esa razón se ha creado un nuevo sistema de bulas que exime parcial o casi totalmente a muchos profesores del infierno docente de sus 240 horas de presencia en el aula al año. Horas que son solo una parte de su carga de trabajo de aproximadamente 1.627 horas anuales en jornadas de 7,5 horas.
La universidad pública funciona como un simulacro empresarial. En ella se habla del mercado, la oferta y la demanda, cuando está financiada con el dinero público y protegida de todos los riesgos de la realidad. Este simulacro alcanza una de sus cumbres en los sistemas de planificación docente, que generan documentos de 24 páginas que tienen como finalidad que lo que ya se hacía el curso anterior se vuelva a repetir el curso siguiente. El juego consiste en que los equipos rectorales, como si fuesen directores de grandes complejos industriales, cada año se plantean la carga de trabajo a distribuir entre su sede central y su red de empresas auxiliares, antiguamente conocidas como facultades. En un documento estratégico notable, se decide impartir los títulos que ya se impartían y que no hay más remedio que impartir, y encargarlos cada año, tras sesuda reflexión, al proveedor correspondiente. No vaya a ser que el próximo curso la carrera de Derecho le corresponda a la facultad de Matemáticas, y que los profesores de Latín sean los encargados de impartir Anatomía.
Este profundo análisis estratégico genera un documento llamado Plan Docente Anual que ocupa cientos y cientos de páginas y miles de horas de trabajo de unos funcionarios que podrían estar dedicándose a otra cosa. En él se contempla cada materia hora por hora. Ese documento sale del vicerretorado correspondiente, lo aprueban los centros y departamentos y vuelve al vicerrectorado de partida, que sigue llegando a la conclusión de que el Derecho Romano lo van a dar los profesores de Derecho R­omano.
Una vez desarrollado el macrodocumento, se elabora el Plan de Organización Docente, que consiste en asignar a cada profesor las materias que va a impartir, que son las que sabe y normalmente las que impartía el curso anterior. Todo ello generando de nuevo cientos de páginas, despilfarrando miles de horas de trabajo de los funcionarios y de los profesores, cuya pérdida de tiempo en estos menesteres y en reuniones ha sido cuantificada incluso por economistas como E. Ontiveros y M. Castells.
Construido el castillo de las sutilezas, nos encontramos con el gran truco: la bula docente. Y es que resulta que de las 240 horas de penitencia se realizan una serie de descargos que pueden llegar desde las 240 horas del rector, vicerrectores y secretario general, a las 30 horas de los cargos menores. Hay cuarenta tipos de cargos diferentes por los que se pueden lograr desgravaciones docentes según el Anexo I de ese documento. Naturalmente, cargos como decano o director de departamento los desempeñan muchos profesores, por lo cual si se facilitase al público el número total de desgravación de horas docentes de todos los cargos de la USC, el resultado sería más que sorprendente.
Pero también hay esperanza de salvación para los que no ocupan cargos, gracias a su supuesta actividad investigadora y al ejercicio de pequeños cargos sin remunerar que normalmente reciben el nombre de “coordinador”. Todo el mundo está de acuerdo en hacer los descuentos de las 240 horas docentes, porque lo que hacen los profesores en el resto de sus 1.627 horas no se puede saber. A veces se puede suponer, como en el caso de los numerosos profesores que no tienen ningún sexenio de investigación y no han publicado nada en más de una docena de años, y cuya presencia en los centros a veces es más metafísica que física. Pero la razón es mucho más profunda, y es que un premio consiste en dar un bien y en evitar un mal, y por eso las bulas horarias siempre son docentes.
Se pueden desgravar horas docentes por valorar trabajos de fin de grado, o de fin de máster, que la sabiduría del documento consigue computar de tal manera que leer cinco trabajos supone una hora de tiempo; por coordinar todo tipo de actividades, desde un grado (60 horas) hasta un curso (10 horas), hasta una parte de un máster (10 horas), la labor de dos profesores (5 horas), etc. Se recibe el premio de un descuento horario por dar la clase en inglés, lo cual debe ser un gran mérito si se está explicando el alemán, el gallego o el griego. Y sobre todo se valora muchísimo el figurar como investigador principal en proyectos de investigación, desde las 120 horas por aparecer como director de un proyecto internacional coordinado por la USC hasta las 40 horas de un proyecto autonómico, aunque nadie puede saber cuántas horas supone esa dirección, y mucho menos por qué son docentes.
Toda la investigación es buena, o todo lo que suene a ella, la dirección de tesis también desgrava, valorándose más las tesis de programas de doctorado con mención de calidad, que como son de calidad valen lo mismo aunque no tengan cum laude que las otras tesis que sí lo tienen, porque en las demás tesis terrenales solo se puede desgravar si el doctorando obtiene esa calificación. También puede servir para redimir pena docente dirigir o codirigir revistas, lo que no deja de ser curioso cuando la USC no es precisamente editora de ninguna de las grandes revistas científicas del mundo. También es muy curioso que resolver dilemas morales en la experimentación con animales sirva para desgravar 20 horas docentes, para que luego hablen de las sutilezas de los frailes medievales.
Todo este sistema de bulas, que no es más que un simulacro, tiene un fin muy claro, además de favorecer a determinados grupos de profesores, y es que permite incrementar las necesidades de plantilla. Por supuesto se dice que ninguna desgravación personal traerá consigo la contratación de otro profesor. Sin embargo, si se hiciese el cómputo total de los miles y miles de horas de todas las desgravaciones docentes, y se tuviese en cuenta que las plazas de funcionario solo se justifican por las 240 horas, se vería que ese es el truco para poder seguir manteniendo plantillas excedidas y poder seguirse lamentando de los grandes déficits de profesorado que se padecen. Sólo los profesores de un pequeño departamento, que ha pasado a mejor vida, tenían, y siguen teniendo, 1.412 de desgravación docente. Si se les suprimiesen sobrarían seis de ellos.
*El autor es catedrático de H­istoria Antigua de la USC