El Correo Gallego

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POLÍTICAS DE BABEL

JOSÉ MANUEL ESTÉVEZ-SAÁ

Personalismos en política

22.07.2019 
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UN partido político es algo más que un líder, pues reúne a un grupo de personas con una ideología, un programa y un certero deseo de poner sus ideales, conocimientos y experiencia al servicio de la sociedad. Y cuantas más voces y figuras sobresalgan, mucho mejor, pues conlleva una imagen de capital humano.

Ahora bien, la figura del líder forma parte de la propia dinámica democrática. Muchos hemos crecido acostumbrados a ver en diferentes partidos políticos una diversidad de voces que entonaban sus postulados más o menos al unísono (aunque no siempre ni necesariamente, y no pasaba nada). Todos éramos capaces de reconocer tanto en agrupaciones de derechas como de izquierdas figuras influyentes que estaban aportando su buen hacer al partido que representaban.

Las cosas están cambiando, al menos en el panorama político español, donde muchos partidos prácticamente se reducen a la figura de un todopoderoso líder cuya voluntad ha de cumplirse a rajatabla, y que raudo y veloz se encarga de silenciar cualquier voz discordante. Lo más extraño es que esos líderes son jóvenes, pertenecen a una nueva generación y a una recién instaurada forma de hacer política. No sé si será la sociedad individualista en la que nos hemos educado, pero lo que sí es cierto es que los cuatro grandes líderes de las formaciones actuales han despejado de sus despachos a quienes han osado cuestionar sus decisiones, y se han rodeado de desconocidos y tímidos seguidores fieles.

Supongo que, por una parte, es legítimo, dado que han sido elegidos por sus propios partidos para ocupar tal liderazgo, con la toma de decisiones que ello conlleva. Pero, por otro lado, parece algo peligroso, pues si la cabeza visible falla, da la impresión de que nada es capaz de hacer resurgir de sus cenizas a una determinada agrupación. También se corre el riesgo de transmitir a la ciudadanía la idea de que si no son capaces de consensuar posturas en el seno de un partido por el bien de la mayoría, más difícil les será dialogar y pactar con otros partidos.

Ahora bien, igualmente reprochable parece la falta de disciplina de partido que se detecta en las formaciones; algo que podría considerarse como una constante lucha intestina por el poder y el reconocimiento, incluso a costa de desprestigiar la figura del líder.

Semeja que no existe una salida fácil a las controversias que desde fuera detectamos en el seno de las diferentes agrupaciones políticas, en las que es sencillo distinguir personalismos que intentan sobrevolar la figura de sus líderes con una actitud que también denota un elevado grado de individualismo, y un deseo de sobresalir por encima del partido y de sus líderes. En resumidas cuentas, adolecen nuestras formaciones políticas, y en consecuencia nuestra democracia, de sentido de colectividad, de respeto hacia el dirigente y, lo que es peor, de compromiso con la voluntad de la mayoría.

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