El Correo Gallego

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LOS REYES DEL MANDO

JOSÉ MIGUEL GIRÁLDEZ

Agujero

15.04.2019 
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COMO corresponde a los tiempos modernos, tenemos antes la imagen que el concepto. Ya dice Xavier Fortes que decía Manquiña. La primera fotografía de un agujero negro hizo portadas la semana pasada, abrió telediarios como si fuera algo más propio de la crónica de sucesos, que eso sí que abre informativos, pero en pocos segundos nos fuimos a la realidad corriente, a la refriega electoral, al derbi andaluz de fútbol, y cosas propias de nuestro entorno. Estuvo bien, la foto. En tiempo de Instagram, una foto parece necesaria para corroborar la realidad, y es justo reconocer que no podíamos seguir así, hablando de agujeros negros sin tener siquiera un tímido selfie, o lo que sea, de su formidable presencia (semejante a un donut del día, que está diciendo cómeme). La foto, en estos tiempos, es siempre lo primero.

Luego hemos constatado, como dijo Boris Izaguirre, tan atento a lo bello, que el agujero negro fotografiado (al menos visto así, en la distancia) está lleno de hermosura. Te sugiere eso del ojo de Dios, o, para algunos, incluso del ojo de Mordor. Porque no han faltado los memes, claro. El humor que tampoco falte. Pero llevamos años imaginando agujeros negros, aprendiendo cosas sobre esos lugares de densidad brutal, esa frontera del no retorno (el horizonte de sucesos, ¿no?), y otras cosas de las que me he ido enterando torpemente. Faltaba la polaroid, la foto, el selfie de esa puerta extraña y devoradora, ese instante en el que todo se traga y se engulle, ese destino que seguramente nos aguarda, y que en astrofísica siempre es una belleza terrible. No hace nada que vimos una estrella como el sol muriéndose, irremediablemente, en la inmensa soledad de los miles de millones de galaxias. Esas muertes colosales que son nuestras pequeñas muertes, como el instante de un orgasmo sideral.  

Cada vez hay más científicos mirando al cielo, a través de esos telescopios magníficos, y desviando nuestra atención, demasiado terrenal, hacia la grandiosidad de las catástrofes estelares, hacia el fulgor de lo que nace y lo que muere a cada instante, la gran sopa del tiempo y el espacio que nos trae noticia del eterno fluir, de la perpetua destrucción y construcción. Ahí estamos, haciendo la lista de la compra, escuchando el ruido de fondo de la campaña electoral, y, de pronto, llega a los titulares de los informativos esa elegantísima fotografía del agujero negro, al que por fin ponemos cara.

No es habitual que la portada del día se dedique a un asunto así, tan principal pero tan distante, tan cultural y tan científico. Algo nos dice que hemos capturado esa puerta de succión, esa apretada densidad que ni siquiera deja escapar la luz, algo nos dice que fotografiamos la esencia de lo que existe. Y hay un instante de asombro, como al descubrir planetas que podrían ser como el nuestro, y a los que quizás nunca llegaremos. Un instante de asombro y de tristeza. Su ojo rojo, ese maquillaje cálido, ese negro inquietante, habrá atraído nuestra atención durante unos segundos, pero pronto, ya digo, la mirada habrá girado hacia las menudencias de lo cotidiano, hacia algo tan íntimo y mínimo como nuestras propias vidas, fascinados por el ojo/donut, atraídos fatalmente por el dragón del agujero negro, que quizás nos vigila.