El Correo Gallego

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los reyes del mando

JOSÉ MIGUEL GIRÁLDEZ

Atasco

24.05.2019 
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EN varios programas de televisión vi ayer el atasco en la cumbre. En la cumbre del Everest. Ya veníamos escuchando que se acumulaba en esa montaña una multitud de aspirantes a hollar el techo del mundo, lo cual provocaba a menudo cierta confusión, o cierto embotellamiento. Pero nada como este atasco, sólo comparable al de las grandes ciudades en hora punta. Al asombro le ha seguido la estupefacción y luego la alarma. En todos los programas en los que apreció el atasco, esa cordada de alpinistas, o de turistas, lo que sean, esperando su turno para poner el pie en el cielo como esperarían en la caja de un supermercado, escuché comentarios que aludían a nuestra súbita necesidad de realizar proezas. Que seguramente no lo son, pero lo parecen. ¿Un capricho o un derecho? ¿Se trata de disponer de unos minutos, de unos segundos, para alcanzar la sensación de tener el mundo a tus pies? ¿Todos queremos ser Tenzing y Hillary aunque sea por un instante tembloroso? Recuerden que la primera vez que se llegó a esa cumbre fue en 1953. Y tan sólo unas décadas después ya hay colas, como en el metro, como en el autobús, como en la entrada de algunos espectáculos. Probablemente no haya mejor metáfora para explicar este tiempo.

El pasado miércoles, escucho, más de doscientas personas se agolparon para alcanzar la cima del monte más alto del planeta y luego, supongo, para poder contarlo (mayormente en las redes, claro). No todos, porque dos de ellos murieron trágicamente en el descenso. La montaña no es un entretenimiento osado. Tampoco un parque de atracciones. Este horror de las multitudes esperando tocar la cima ha sacudido informativos y magacines. Y muchos se han preguntado qué pasa con este tiempo en el que todo ha de estar a nuestro alcance, siempre que tengamos dinero para pagarlo. La sensación de que lo queremos todo y de que todo lo podemos obtener, como dice a menudo la publicidad, engordándonos ridículamente el ego. Contemplando esa cola, que bien podría ser la del pan, uno se siente perplejo. Pero hay muchas situaciones del presente que te dejan estupefacto. Especialmente por lo que implican: esa inexplicable necesidad de alcanzarlo todo, casi a cualquier precio.

La gran metáfora de ese ascenso multitudinario (y no es el primero) explica cómo el hombre lo ha conquistado todo, lo ha poblado todo, lo ha masificado todo, y a continuación lo ha destruido. Nos está pasando con demasiadas cosas. El gran atasco del Everest resulta muy elocuente para explicar el estado del mundo. Y, a buen seguro, muchos no reconocerán la necesidad de limitar nuestras acciones sobre la naturaleza, como no reconocen el daño galopante del cambio climático. ¡Que nada nos pare! Y el que venga detrás, como decían en mi pueblo, que arree. Lo que se viene llamando solidaridad y altura de miras a prueba de bomba. Y así, la gran leyenda del Everest se ha tornado ya una historia de vulgaridad contemporánea. Lo que era una aventura, ahora se parece a un paseo dirigido, falto de autenticidad, masificado como una playa de verano, como un supermercado en rebajas. Y produce fotografías que nos retratan. Como esa patética cola en la cumbre. Por no hablar de las toneladas de basura con las que marcamos nuestros éxitos más sonados.