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los reyes del mando

JOSÉ MIGUEL GIRÁLDEZ

Bodas y divorcios

18.06.2019 
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VEAMOS, en España no se habla de otra cosa. De Valls y de Sergio Ramos. Es el binomio del momento, si consideramos que el chapuzón ibicenco de Rajoy, que glosamos ayer, ha quedado al final como anécdota vacacional fresca y mediterránea. La chicha está en Valls y en Sergio Ramos, por separado, claro. Aunque no tanto: ambos se casaron a su manera (más manera la de Sergio, dónde va a parar, con esas movidas tochas, como dicen en la tele), pero a Valls se le rompió el amor en dos telediarios, o en dos boletines. El amor de Ciudadanos, me refiero.

Ese maridaje o solución de urgencia que Valls inventó en Barcelona, que no es a la catalana, ni a la valenciana, ni a la portuguesa (oyes a Iglesias hablar de modelos pactantes y parece que se refiere a distintas maneras de guisar el arroz). No, lo de Valls fue un decir aquí estoy yo y aquí me quedo, que fui mucho en Francia, y no va a venir nadie, ni los míos, a marcarme la agenda. Es lo que tiene cuando has estado mucho en la pomada de la gobernabilidad, tocando poder y eso, que en Francia el poder siempre parece como de butaca del Elíseo. Ahí se plantó Valls y le dijeron que a ver qué pasaba. Y pasó. Durante el fin de semana su matrimonio político urgente con Colau se comió parte de la comitiva sevillí de Sergio Ramos y Pilar Rubio, que hicieron lo que se llamaba en mi pueblo un bodorrio, cuando se casaba la gente pudiente del agro, capaz de comprar un tractor en efectivo y dejar propina por valor de un arado. Una cosa así, rural y a lo grande, pero con Beckham. La verdad es que hay bodas que parecen cuatro. Hay bodas que necesitan Google maps.

Valls competía con su cobra a Torra, en la fase de saludos protocolarios ma non troppo, y competía bien, pues sacaba alcaldesa a Colau contra pronóstico y contra Maragall. Ha sido pasar la ceremonia, con ese silencio tenso que tienen a veces las ceremonias, y Rivera va y anuncia en pleno lunes que se rompe el amor, que se marchita el idilio, porque el amor es así de esta manera. En el reparto, tras el divorcio exprés, Valls se lleva dos ediles y los de Rivera se llevan tres. Y cada uno se va por su lado, junto a ellos. Mientras, Macron insiste en preguntar a Ciudadanos por lo de Vox, lo que quiere decir, no sé qué les parece, que la experiencia francesa de Rivera no acaba de cuajar, por lo que sea. Bromas aparte, lo cierto es que a Ramos este desamor le han complicado la boda mediáticamente, salvo en el satiné, que ahí lo peta.

Por supuesto que todos hemos visto la boda de Sergio y Pilar: de refilón o también de soslayo. Como sin querer, o sin queriendo, que decíamos hace siglos. La hemos visto saltando alegremente por los canales, donde siempre había ojitos para la pareja, por no mencionar el gentío en derredor. Larga vida a los novios, sea por siempre, algo que no podrá decir Valls con su partido, o su ex partido. Pero también reconozco que no tiene por qué ser flor de un día lo de Ada Colau. Valls ya no tiene esa alianza con Rivera, así que a partir de ahora tira millas, a vivir la vida de los pactos, que como decía Rajoy, pues nunca se sabe. El pacto municipal le ha costado un divorcio político a Valls: nunca mejor dicho eso de que ahora va a tener que buscarse otra media naranja.