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los reyes del mando

JOSÉ MIGUEL GIRÁLDEZ

El bono francés

12.02.2019 
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YA dije alguna vez que discrepo en muchas cosas del presidente francés Macron, a pesar de que le reconozco el valor de salvar a los franceses, al menos de momento, de la trampa de lo intolerancia. Y lo hizo apostando por Europa. Hoy vuelvo a estar otra vez de acuerdo con una de sus propuestas. La creación de un bono de consumo cultural, con un fondo máximo de 500 euros, para los chicos de dieciocho años. Ya sé que el anuncio, aunque en realidad se trata de un proyecto piloto, ha levantado una gran polémica. Empezando por el exministro Jack Lang, que preconizó la gran expansión cultural y libresca de Mitterrand. Y otros muchos afirman que la decisión parece tener tintes electorales, pues ese dinero lo recibirían justamente los que van a votar por primera vez. Otros creen que es una medida que puede favorecer a jóvenes que no necesitan realmente el dinero, y en cambio dejar fuera a otros que sí lo necesiten. Y, finalmente, se ha vuelto a recordar el proyecto de Italia, similar, pero más extendido en el tiempo (abarcaba varios años en la vida de los jóvenes, por ejemplo, mientras que en el caso francés se reduce exclusivamente a los 18, una edad excesivamente tardía, según algunos expertos, aunque a mí no me lo parece).

No, no han faltado detractores ni escépticos, algo, por otra parte, habitual cuando se habla de asuntos culturales, donde se ponen pegas que en otros asuntos parece que no importan tanto. Yo defiendo la postura, porque por primera vez se premia al usuario, y porque es necesario un empujón a la educación y a la cultura en tiempos del brutalismo, aunque sea necesario salir en busca de los jóvenes con una aplicación de móvil que sugiere muchas maneras de gastarse esos 500 euros en materiales de cine, teatro, DVDs, discos, espectáculos, cursos o libros. Hay restricciones (no se puede gastar todo en lo mismo). A veces no se puede amar algo sin conocerlo. Tener la oportunidad de verlo, escucharlo, gozarlo, aunque sea alguna vez. Y en esa edad aún tierna, poblada por el ansia del descubrimiento, me vale el intento más allá de las lecturas políticas. Europa necesita jóvenes formados en la diversidad cultural y en la cultura de sus propios territorios, y necesita desarrollar un amor por lo que la cultura representa. Nos ahorrará disgustos.

Otros muchos países, incluido España, cuentan con tarjetas y bonos para los más jóvenes (y para los más viejos), ya sean emitidas por el estado, por las autonomías, diputaciones y ayuntamientos o por instituciones públicas y privadas. Se agradece, pero el espíritu de este bono francés, reunido en un ‘app’ donde irán apareciendo sugerencias sin cesar, es diferente. Me parece una manera de abrir la mente de los jóvenes hacia el consumo cultural, y una manera, dicho sea de paso, de promocionar esta industria, que puede ser potentísima, utilizando un sistema que premia al que adquiere los bienes culturales. He escuchado, que, además, a partir de un límite, la aplicación obliga a pasar por las librerías o las tiendas de discos (físicamente), y a acudir a las salas de cine. Se busca un equilibrio entre la cultura del comercio electrónico y el placer de visitar lugares donde florece la cultura. A veces hay que enseñar a buscar para encontrar lo inesperado.