El Correo Gallego

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los reyes del mando

JOSÉ MIGUEL GIRÁLDEZ

Cuarentona

06.12.2018 
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LO de cuarentona no es peyorativo, sino quizás el elogio de la madurez. Para algunos, no sin achaques. Para otros, gozando de buena salud. La Constitución (creo que en su día le dijimos 'la Consti', cuando el mundo era amable) se ha hecho mayor. La pregunta es si se ha hecho vieja. La política no maneja tiempos geológicos, pero tal vez sucede que cuarenta años no es nada. Nunca hemos tenido una libertad semejante a la que el libro nos ha traído, datos cantan, pero todo es mejorable, me susurran. Y todo es empeorable, también susurro yo. No creo que nada en política esté diciendo 'Noli tangere', salvo, precisamente, la gran palabra, que es la palabra libertad.

En la televisión hablan de la Constitución (hoy lo harán aún más), mientras por La Dos pasa el concierto que celebra este cuarenta aniversario de su ratificación: como un temblor de otoño, escucho ahora la Novena sinfonía de Beethoven. Beethoven suele dar música a asuntos solemnes, pero el tejido de la vida en libertad se construye en las instancias pequeñas, en las más delicadas conversaciones. Me acordé de aquel año, cuando yo tenía exactamente dieciséis, avanzando sobre los árboles de la adolescencia, recibiendo entonces un sol mesetario que esperaba sanador de futuros resentimientos. Recuerdo que pasé aquel verano estudiando latín en un libro rosa de Santiago Segura Munguía: los que gustábamos de los latines ya éramos contemplados con un cierto friquismo entonces, pero el latín aún era reconocido como una lengua imprescindible pare entender el mundo. Perderla, o casi, en los planes de enseñanza puede explicar este camino hacia la confusión. Como perder, o casi, el griego. No piensen que todo lo que exige el mercado laboral es exactamente lo que hay que saber para vivir. La mente y el ánimo se construyen también con esas cosas que algunos juzgan inútiles (y que, por supuesto, no lo son).

Franco estaba muerto, y nosotros no éramos muy conscientes (por la edad) de ese edificio de nuevas leyes que al final se alumbró en 1978. La juventud estaba cerca, la universidad también, y mis padres envejecían después de haber sufrido la guerra y la pobreza (que no se evaporó de pronto). En pocos años nos despojamos de las tinieblas y las calles se llenaron de colores. Se armaron consensos que quizás hoy parecerían imposibles. Se hicieron renuncias y, a buen seguro, hubo refriegas ideológicas que no trascendieron. Pero la política no es jamás el arte de la intimidación. Se legisla mejor desde la mirada garantista, integradora y comprensiva.

Estos cuarenta años nos habrán hecho más sabios, a buen seguro, pero no por eso estamos libres de que vengan tiempos peores que nos hagan más ciegos. Síntomas, hay. Sea por desgaste de materiales o porque quizás nos hemos acostumbrados a esta dulce música, que es la música de la libertad, vivimos ahora tiempos complejos, tiempos de acritud. Como decía Rosa Montero, los tiempos del odio ya están aquí, y quizás conviene volver a los acuerdos, a la altura de miras, a la celebración de lo importante. El espíritu de apertura y de generosidad debe inspirarnos, en tiempos ásperos, acusatorios, en tiempos de intimidación y niebla. Surcar el mar puede cambiar el cielo, pero no debe cambiar el ánimo. Como decía Horacio.