El Correo Gallego

Noticia 1 de 1 Opinión » Firmas

LOS REYES DEL MANDO

JOSÉ MIGUEL GIRÁLDEZ

Decorado

11.07.2019 
A- A+

LUEGO está esa pulcritud de la sala del Congreso donde se reúnen los líderes, que no tiene el aire de la escalera de Moncloa. Allí la gente ríe abiertamente para los fotógrafos, y los árboles, en el entorno, se mecen (cuando el viento sopla). Pero en la ronda de contactos de esa semana, Sánchez citó a los líderes en esa sala en la que dos banderas llenan una escena vacía, una lámpara de mesa o mesita, iluminada, una luz pastosa arrojada desde algún foco cenital poco entusiasta, una luz que, sin embargo, aparece envolviéndolo todo, rebozando quizás la miga del fracaso. Y esa mesa central, redonda, en la que me ha parecido adivinar que hay grabada una rosa de los vientos, algo muy apropiado para no perder el norte, desde luego, pero que bien pudiera ser otra cosa.

Para las fotos y tomas televisivas se dispusieron dos focos de plató, tan potentes que arrojaban sobre los fotografiados una luz quasi divina. En la imagen que en El Mundo firmaba Bernardo Díaz se advertía bien. Y entonces descubrías que todo parecía un decorado perfecto. Sombras proyectadas en una sala que era una caja de maderas pulcrísimas, quizás de maderas preciosas, o bastante preciosas, sin nada más que esas dos sillas de buena calidad (lo parecían), quizás porque no está bien visto sentarse para negociar un Gobierno en banquetas o en sillas de mimbre. Aquello era un escenario, queridos. Los fotografiados miraban hacia el público potencial, mostrando que la representación negociadora se haría con un minimalismo extremo, quizás para que nada impactara en la paz de los pactantes. Sólo las palabras llenarían la estancia, con tanto recogimiento que sin duda invitaba a la confesión. La madera podría proporcionar calidez al momento, pero, en realidad, arrojaba una extraña frialdad sobre los que contemplábamos la escena. Quizás porque adivinábamos el final.

El último (o penúltimo) acto de estos encuentros para el desencuentro se desarrolló pues en esa habitación del Congreso, donde es seguro que tanta madera abrillantada y pulida debía proporcionar una acústica maravillosa. Una caja perfecta no para enterrar la negociación, sino para hacerla supuestamente confortable. Ni por esas. El exquisito equilibrio del cuadro (no recuerdo qué representa), las dos banderas a un lado y la mesita esquinera con la lámpara de harina iluminada al otro, no se alteraba con la mesa central, circular, rigurosamente elegida en colores oscuros, elegante, he de decirlo, con esas dos sillas clónicas, ávidas por recibir el peso de los cuerpos que hablarían con la lógica gravedad de los asuntos de estado.

Tanto en las imágenes de Díaz como en las de Uly Martín, por ejemplo, se observaba a los líderes antes de comenzar el diálogo, rellenando el momento para la prensa con ese otro diálogo irrelevante que nunca sé de qué va. Sánchez, trajeado de presidente, gesticula menos, e Iglesias aparece capturado con su look sport, que parece que se ha puesto deprisa, como cuando dices en casa que te vas a dar una vuelta. Ambos sabían que la cosa estaba cruda. La desnudez del decorado debió combinar bien con la desnudez del acuerdo, pues no lo hubo. De hecho, además de la contaminación, el desacuerdo parece reinar hoy sobre el cielo de Madrid.