El Correo Gallego

Noticia 1 de 1 Opinión » Firmas

los reyes del mando

JOSÉ MIGUEL GIRÁLDEZ

Eurovisiones

20.05.2019 
A- A+

SUELO terminar la noche del Festival de Eurovisión bastante cansado, sobre todo porque uno mueve mucho los brazos señalando esto o aquello, se levanta al frigorífico, o quizás por su mera duración, no inferior a una gala de los Oscar. Por supuesto, jamás contemplo semejante espectáculo esperando una victoria, pues desde Chikilicuatre no recuerdo que hayamos logrado levantar pasiones, musicales o no, salvo quizás alguna cosa. Esto es televisión, en efecto, como dicen por ahí: mucho antes que música. Y sí, también es música, aunque según de quién hablemos. Ganar es una lotería, más allá de las cuestiones geoestratégicas, del voto amigo, o de la indiferencia. Habrá quien huya de cualquier posibilidad de victoria, no le vaya a tocar organizarlo al año siguiente.

Como se esperaba el espectáculo debe continuar y cada año es mayor el despliegue de luces y sonido. Un estallido de efectos que suele dejar en segundo o en tercer plano a las canciones, a veces afortunadamente. Los directores de escena y los expertos en 'mapping' se consagran, pero uno llega a la conclusión de que lo que importa de verdad es epatar con el montaje, lanzar mensajes (esto del mensaje a veces produce obviedades), y la música desaparece bajo las luces fulgurantes. Bien es cierto que en Eurovisión se mueve un impresionante fenómeno fan capaz de mantener vivo el evento a lo largo de los años, o de los siglos.

Me cuesta negarme a un festival que ha demostrado ser capaz de reinventarse. Esto es indiscutible. Pero no creo que haya que aceptar la doctrina estética y el triunfo de ciertas canciones como si de un dogma se tratara: esto es Eurovisión, muchachos, ya sabéis a qué ateneros. Lo mejor está en la diversidad, es cierto, y también en la diversidad escenográfica. No tanto, la verdad, la musical. Perder, como le pasa con reiteración a España, no parece ni malo ni bueno, sino todo lo contrario. Esta canción, 'La venda', podría gustar por su alegre ritmo, sobre todo a los que no entendieran la letra, y lo cierto es que no estuvo mal interpretada. De hecho, en este Festival el fiasco interpretativo corrió a cargo de Madonna, pero ella estaba fuera de concurso. Hubo momentazos en el escenario (Australia, inenarrable), y en eso Eurovisión no defrauda. Perder, ya digo, no significa nada. O muy poco. Incluso en nuestro caso, que fuimos muy, pero que muy últimos hasta que entró el voto electrónico en liza. Hay grandes cantantes que han pasado por Eurovisión y no se comieron un rosco. Y otros que, de pronto, se consagraron. Chikilicuatre, de coña, quedó mucho mejor que otros intérpretes que hemos enviado. No por eso vamos a elogiar sus dotes musicales, pero sí sus dotes desmitificadoras. Desde entonces, todo nos da un poco igual. Te preguntas, eso sí, si OT es el vivero adecuado.

La victoria da esa canción holandesa nos indica que, a pesar de tanta movida escénica, un piano y una melodía sencilla pueden hacer milagros. Incluso en plena exaltación del exceso visual. Nada que objetar a la modernidad, salvo cuando se vuelve demasiado insistente y previsible. Lo de Salvador Sobral en Eurovisión sí que fue inesperado. Holanda recogió la otra noche el testigo. Era la favorita y, sin embargo, estaba alejada de la estética dominante.