El Correo Gallego

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LOS REYES DEL MANDO

JOSÉ MIGUEL GIRÁLDEZ

Gloria televisada

10.08.2018 
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QUERIDO agosto:

De vez en cuando se cuelan por los resquicios de la televisión otros deportes. Otros, distintos del fútbol. El verano parece un tiempo propicio.
Tú, agosto, pareces propicio. Ahora mismo, por ejemplo, tengo ante mí el
Europeo de Atletismo, que pasa a lo largo de la tarde y de la noche batiendo marcas casi inhumanas, exprimiendo esfuerzos hasta la
extenuación. Me siento culpable en el sofá, agosto, o sea. Me siento
culpable porque esos chicos y esas chicas que entrevistan en Teledeporte
están ahí, dejándose el resuello ante las cámaras, mientras nosotros
hacemos una no siempre moderada ostentación de la holganza estival
(que, desde luego, ya lo dijimos aquí, creo justa, necesaria y beatífica). Los comentaristas dicen mucho plusmarquista, récord nacional, marca del
año… y uno, a pesar de este ‘dolce far niente’, siente entonces, de alguna
manera, el empuje y el esfuerzo a muchos kilómetros de distancia, y
entiende que hoy la gloria televisada es cosa sobre todo de deportistas.


Alguno dirá que la gloria televisada es más bien cosa de futbolistas. Los
otros deportes tienen menos hueco, menos cancha, ya digo. Incluso
ahora, a pesar de este Europeo de atletismo, o a pesar del bádminton de
la pasada semana, en el que somos líderes mundiales (quién lo iba a decir
hace algunos años), con la indomable Carolina Marín. No hay competición
futbolística en agosto, es cierto, pero hay mercado de fichajes, que es una
batalla de rumorología, un carrusel de idas y venidas, un afirmar y
desmentir a todas horas, como si nos fuera la vida en ello. Los comentaristas ven gran morbo en los fichajes y al parecer ese relato tiene
mucha audiencia. Algunos no se conocen hasta el último minuto, para no
levantar liebres. Qué cosas. Y aunque no hay la pasión del invierno, donde
el fútbol es todo, ahí están los partidos amistosos, algunos bastante
surrealistas, que se televisan también, por si el aficionado tiene horror al
vacío balompédico agosteño. O por lo que sea.


La sociedad del espectáculo valora el esfuerzo de lo espectacular, claro
está, de lo que se hace ante el público, y mucho menos el esfuerzo íntimo. Yo creo que es por eso por lo que no se valora suficientemente a los escritores: nadie los ve escribir, a veces ni sus propias familias. Se encierran en casas, en hoteles, en despachos, y de pronto salen de allí con una novela enorme, de seiscientas páginas, por ejemplo, y la gente no se pregunta si ha sido mucho o poco esfuerzo. No ven el músculo (la neurona tampoco da en cámara), ni los envases de pizza congelada y pollo para el microondas, que los habrá, pero si ganan un premio entonces sí ven el glamur de la ceremonia y la cuantía: que normalmente tampoco es para tanto. El deporte ha ganado la carrera de los espectáculos televisados. Hasta se reponen partidos de fútbol de hace muchos años, incluso algunos tienen ya los fotogramas desvaídos. Y no todos fueron encuentros singulares, o se marcaron en ellos goles increíbles. Ni mucho menos. Se diría que ni con la transmisión de todos los directos matamos el hambre. 

En la pantalla, el atleta Fernando Carro describe con elegancia su flamante medalla de plata a las 21.40: “ya era de noche, pero sabía que llegaría el día”. Y lo hizo.