El Correo Gallego

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los reyes del mando

JOSÉ MIGUEL GIRÁLDEZ

Hablar (y escuchar)

19.04.2019 
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CREO que el lenguaje del descrédito, lo hirsuto y desabrido del discurso, está mandando en la campaña (aunque, como en la veteranía, hay grados), y eso hace que el mensaje quede perdido en medio de la sintaxis de hierro. Me pregunto si las redes sociales nos están estropeando la sintaxis, como dicen que decía Borges de los escritores que no leía. Se vio en el debate a seis, que a lo mejor, o a lo peor, es el único que vemos en televisión: por mucho que el maestro Raúl del Pozo diga que "fue la gloria de las flores", yo sólo acerté a ver un turbión de frases que arreciaba a cada instante, dejando poco tiempo para ver el dulce resplandor de las ideas. El maximalismo es un signo de esta época, quizás porque la sociedad se ha polarizado y hay que atender al personal como se pueda.

Anoche, el asunto del debate se seguía debatiendo, y quizás la cosa dure hasta que alguien se reúna con alguien, o hasta que alguien vea cierto daño. La verdad, parece increíble que esto sea motivo de discusión, pero así está el patio. Hay tendencia a discutir, por lo que sea, no hay más que verlo. La tensión parece parte de la estrategia, cuando en realidad suena bastante pueril. Creo que también es un signo de los tiempos, en los que se ve mal ceder un ápice, se ve como una derrota. Con esos mimbres no hacemos un cesto, queridos. La peña, o sea, la audiencia, lo va a notar. Este sindiós catódico, montado en una tarde, como el nubarrón de una tormenta, no ayuda nada, produce estupefacción, abunda en la idea de que muchas cosas están demasiado verdes, como ya nos temíamos. Veo la noticia en el propio Telediario, donde se explica con detalle la crisis (creo que la palabra es mía), que ha llegado a la misma televisión pública a resultas de la movida.

La gente se pregunta cómo se puede llegar a acuerdos, los que sean, si no se acuerda ni cómo debatir en televisión. Las estrategias de unos y de otros parecen imponerse sobre las ideas, de la misma forma que el lenguaje, no pocas veces intimidatorio y áspero, se está llevando por delante los mensajes. Es cierto que la política, globalmente, parece apoyarse hoy en estructuras de imagen, en lenguajes precocinados y en modas mediáticas, más que en la verdadera naturaleza de la conversación. Ninguna estrategia electoral puede negar la conversación, que es la esencia de la política. Tal vez por esto estamos hablando a estas alturas de las formas, de los andamiajes, de los tiempos, de los esquemas, de los diseños. Demasiadas precauciones. Y todas en nombre de la mercadotecnia, también de la plasmación catódica. ¿No es una dependencia excesiva de lo que sólo debería ser un elemento más? ¿Acaso hablar, confrontar ideas (no hacer oídos sordos y repetir argumentarios) puede restar votos? ¿Hablar resta votos? Mal asunto si es así.

Desde luego, creo más en los políticos flexibles, abiertos a la conversación, que en los que se creen permanentemente en posesión de la verdad. Por eso me asquea el maniqueísmo, que parece un insulto a la inteligencia de los votantes. Esa manía de presentar la realidad como una lucha entre lo blanco y lo negro. No es así, simplemente. Todo es más complejo y no deben hurtarnos esa complejidad. Por eso hay que hablar. Y sí: también escuchar.