El Correo Gallego

Noticia 1 de 1 Opinión » Firmas

LOS REYES DEL MANDO

JOSÉ MIGUEL GIRÁLDEZ

Lucha en el barro

13.01.2019 
A- A+

LA AUSENCIA de consensos en política tiene que ver, quizás, con la explotación mediática de los disensos. En general, en este tiempo en el que se siembra intimidación y rencor por todas partes, lo único que parece estimularnos es la posibilidad de llevarnos la contraria mutuamente. Y si es con gestos ostensibles y un poco de bravuconería, tanto mejor. Lo reflejan las redes sociales, esa cruda muestra de los tiempos del odio, pero también la mayoría de tertulias (no todas, pero sí muchas), en las que cualquier síntoma de acuerdo, de convergencia de opiniones, se contempla con terror por parte de los vigilantes de los índices de audiencia. Si es debate, parecen pensar, habrá que discrepar y hacerlo con dureza. Para que no decaiga.

La ‘performance’ televisiva tal vez demande esas cosas, pero no debería transmitirse necesariamente a la política, ni tampoco a la vida real del país. Sin embargo, ahora que todo es comunicación, el acuerdo ha empezado a ser visto como muestra de debilidad, o de buenismo, y la confrontación agresiva, con razón o sin ella, se entiende como un reflejo de musculatura política, y no sólo política. Los tiempos parecen demandar, en todos los órdenes, una sensación de incomodidad, de respuesta agria, un intento de mostrar una supuesta pureza o superioridad (incluso moral), que algunos celebran. Hay una sensación de batalla permanente, en la que lo importante es mostrarse contrario al otro, en la que lo importante no es el resultado, sino la batalla misma como espectáculo.

Esta forma agresiva de actuar y de comunicarse que parece ilustrar este periodo de la historia no sólo responde al estilo de los intolerantes o los intimidadores, que pretenden imponer su mensaje ‘velis nolis’, quieras o no, simplemente porque ellos lo valen. También es una forma de marcar el territorio, en virtud del triste maniqueísmo reinante y de esta tendencia tontiloca de dividirlo todo entre lo bueno y lo malo, lo blanco y lo negro. Para llegar a esto, que, ya digo, puede funcionar en un plató con su toque teatral inevitable, pero algo menos en un Parlamento, no necesitábamos tener a todas estas generaciones, tan preparadas como dicen que están. Una higa para la realidad real, parece ser la norma de oro. Lo importante es construir el andamiaje de los improperios, el castillo de los agravios.

La irrupción de fuerzas más extremas en el panorama político mundial, y también en el nuestro, está acelerando (y provocando en el resto) ese proceso de polarización que goza mucho con el disenso y la exaltación de ideas intocables, en la creencia, supongo, de que la masa compra ahora las posturas maximalistas que no ceden un ápice ante los demás. Lo que viene derivando en esta atmósfera de bronca y nula profundidad de pensamiento. Se valora lo de sostenella y no emendalla, aunque se sostenga una barbaridad. Hay un gran peligro en la imitación, o en la coincidencia entre la performance mediática y la política. Si la política es cada vez más el hecho de comunicar y la comunicación intenta reflejar el disenso, la confrontación, porque parece dar más réditos electorales, entonces llegaremos a un bloqueo absoluto. La conversación se parecerá a una lucha en el barro. De hecho, hace tiempo que se parece.