El Correo Gallego

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LOS REYES DEL MANDO

JOSÉ MIGUEL GIRÁLDEZ

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22.07.2019 
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LOS intentos de dejar a la actualidad abandonada en una gasolinera no funcionan. Se cuela por el aire acondicionado. Una y otra vez. La actualidad se impone sobre la nada del verano, una de sus mejores características. Para empezar, esperar un gobierno en la frontera de agosto tiene algo de suceso excepcional, aunque cada vez menos. Tanta actividad dialéctica casa mal con el sueño de una paz desconectada, algo a lo que, al parecer, tenemos derecho. Los cielos azules (y ese sol de la infancia) casan mal con los nubarrones propios de la propaganda verbal y la demagogia estacional. Para algunos, lo que está a punto de finalizar (pues se adivina la coalición en lontananza) sólo es el resultado de una larga puesta en escena, más o menos dramatizada. Para otros, es más bien el resultado inevitable de un choque de liderazgos cuya colisión, en tiempos tan calurosos, sólo podía producir un incendio. Se agradece, o sea, que la realidad se interrumpa al llegar a esta frontera, la del final de julio, porque hay un momento en el que uno se siente ahíto de tanta narrativa.

La política de pactos se estira como la mantequilla sobre el pan nuestro de cada día. Ha logrado alimentarnos durante meses en preciosos momentos de ‘prime time’. No se debe desestimar la capacidad nutritiva de tantas sentencias, de tantas opiniones en uno y otro sentido, porque gracias a ellas logramos atravesar los días con ese suspense delicioso al que conduce todo estado de confusión. Como una materia pringosa, la actualidad se pega a los dedos y todos los movimientos compulsivos por librarnos de ella, son inútiles. No sólo vivimos en una sociedad saturada, sino también pegajosa. Cada vez es más difícil librarse de llamadas inoportunas, de propagandas cargantes y de mensajes políticos reiterativos, quizás porque estos últimos han aprendido a utilizar las técnicas comerciales. La prueba fehaciente de todo esto es la presencia ostensible de la palabra oferta en las relaciones entre Sánchez e Iglesias. En las últimas horas, se habrá desbloqueado al fin esta realidad pegajosa que amenazaba con quedarse entre los dedos, o entre las neuronas, de por vida.

Sin embargo, la televisión es un síntoma de la persistencia de la política en nuestros asuntos más domésticos. Es posible que abominemos de su lenguaje, pero, como sucede con otras atracciones fatales, da la sensación de que ha venido para quedarse. La política y la televisión funcionan hoy en perfecta simbiosis, como sucedió con el fútbol, que ya no puede desprenderse de una pantalla, pues seguramente no sobreviviría sin ella. Hubo un tiempo en el que la realidad y la actualidad no eran sinónimos exactos de la actividad política, pero cada vez suplantamos la existencia de las cosas con ese relato pasado por los filtros inextricables de los expertos en ingeniería mediática. Nos alimentamos de sucedáneos de realidad, de actualidad edulcorada o hábilmente alterada genéticamente para así saciar nuestra ansia permanente de información. Así nos nutrimos, con el menú del día del lenguaje político, con esa narrativa adictiva que impregna nuestros dedos y nuestras neuronas. Y sigue ahí, erre que erre, en la frontera de agosto, donde antes empezaba la libertad.