El Correo Gallego

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LOS REYES DEL MANDO

JOSÉ MIGUEL GIRÁLDEZ

Serenidad

12.09.2018 
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LEJOS de apagarse, el numerito de Serena Williams en la final del Abierto de los Estados Unidos sigue muy presente en el gran magma mediático. Hoy estos asuntos se enquistan, porque su proyección televisiva es formidable. Y después todo se refleja en miles de espejos hasta globalizarse: y en el proceso, muchas veces, todo se distorsiona, también como sucede en algunos espejos. Prácticamente todo lo que he visto y leído sobre el engorroso asunto coincide con lo que exponíamos aquí el otro día: Serena expresó su frustración de manera excesiva, por decirlo suavemente, dejando de lado el reconocimiento necesario que merecía su rival, lo cual es cuando menos egoísta, y al tiempo denunciando a gritos una situación machista por parte del árbitro, que no parecía tener nada que ver con lo que se estaba viendo, y con lo que provocó, aparentemente, el berrinche de la tenista norteamericana. Alguna opinión ha habido a su favor, desde luego. El racismo y el machismo son dos asuntos contra los que se debe luchar, qué duda cabe, pero no creo que actitudes como la mostrada por Serena Williams vayan a ayudar mucho a combatir la situación de desigualdad entre hombres y mujeres, que, por supuesto, existe en múltiples asuntos.

Creo que será Serena Williams, si saben aconsejarla bien, la que debe aprender de lo que hizo, la que debe sacar una conclusión provechosa para el futuro. Esto de ir dando lecciones siempre a los demás a veces no es una buena idea, por muy líder que te sientas. Un suceso que había tenido lugar unos días antes en Flushing Meadows, cuando una de las jugadoras del torneo fue reconvenida, y creo que sancionada, por cambiarse en la pista su camiseta, si me pareció una clara situación de discriminación. A todas luces era una norma ñoña y anticuada, como tantas que existen (vivimos una época de mucha norma, ya saben, en este nuevo tiempo de puritanismo medieval), y la dirección del campeonato hizo muy bien en abolirla. Directamente. Pero lo que sucedió con Serena fue algo completamente diferente. Estamos hablando de una actitud infantiloide, como ya dijimos aquí, impropia de una gran campeona como es ella. Y estamos hablando de una falta de respeto hacia el juez y, sobre todo, hacia Naomí, su contrincante: algo de lo que se ha hablado poco, como si no importara. Pero importa, y mucho. Pero, en fin, no es este el momento de hablar de ella: aunque bien lo merece. Ojalá no pierda la humildad. Ni el respeto.*
 
Lo que nos dice el incidente protagonizado por Serena en su partido contra Osaka es que quizás se están mezclando demasiadas cosas en la sociedad de hoy. Hay muchas reivindicaciones muy justas, vaya si las hay, y muy necesarias: pero no pueden usarse a la carta, en cualquier momento, para justificar lo que venga. Claro que hay jugadores masculinos de tenis (un deporte mucho más igualitario que otros, por cierto) que se propasan en sus protestas y que quizás no han recibido sanción como deben. Y seguro que también hay jugadoras que no han recibido sanción por motivos iguales o parecidos. Serena perdió, paradójicamente, la serenidad (y la humildad), quizás porque las cosas le iban de mal en peor, y llevó su protesta mucho más allá de lo razonable. En nada ayuda eso a la justa causa de las mujeres.