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los reyes del mando

JOSÉ MIGUEL GIRÁLDEZ

Teatro y cortejo

13.06.2019 
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ESCUCHÉ en una de esas tertulias de televisión que en la política hay mucho teatro, pero más en tiempo de pactos. El que hablaba decía que los líderes llevan máscaras (no lo dijo así, pero lo parecía), maquillajes, y que todo sucede en un decorado: esto es lo que vino a decir. La política vende mensajes y contenidos, frases, muchas frases (tuits, en su defecto), y el producto se parece a una marca comercial, seamos sinceros. Incluso a veces hay ofertas: seguro que no han faltado ofertas en estos días, con tanta gente pactando a varias bandas, para lo que se necesita mejor mano que en los juegos de naipes. Estos días de encuentros en despachos, pasillos y salones (también funcionarán los mensajes, aunque menos, por la discreción) tienen algo de época de celo de la política. Y para eso hay que saber desplegar los encantos, hacer bien el cortejo, merodear con elegancia por los aledaños del territorio donde se fragua el emparejamiento. Y así, lo que escuchamos es teatro o cortejo. Ha de parecer que eres el mejor para el matrimonio parlamentario, y eso se logra mostrando habilidades en el canto mediático, sacando músculo y crestas coloradas, y en este plan. La seducción siempre ha funcionado. Lo malo es que todo parece provenir de la tensión.

La tensión es hoy la productora de los acercamientos, una especie de tensión sexual no resuelta, como se dice siempre en estos casos. Los partidos muestran sus armas y sus plumajes, se pasean por platós, dan titulares, y marcan líneas rojas o de otros colores, porque hay que ser cuidadoso con las compañías en los tiempos que corren, aunque sea por el que dirán. Teatro o cortejo, o más bien ambas cosas: en eso estamos. Como la televisión retransmite en directo todo lo que puede (ya quisiéramos estar en esas reuniones íntimas, donde caen los velos de los pactos), la gente mira por morbo o cotilleo político, haciendo votos para que su voto no termine siendo un mero instrumento. Las elecciones son el pasado, los pactos son el presente. Los líderes son magos que amagan con tomar caminos inesperados, pues todo es parte del juego teatral, dicen los tertulianos, o quizás funcione como con esos amantes que se dejan querer para luego irse con otra, o con otro. Pero ya se va viendo que al final se impone (al menos esta vez) una voz autorizada, que respira más por la ideología y la estrategia que por las peculiaridades locales. Los que creyeron en amores cruzados y aventuras pasionales, los que vieron el ardor del baile de las máscaras, se están encontrando en que todo acabará en matrimonios previsibles.

A Sánchez, que promete a Iglesias más colaboración que cohabitación, más ayuda mutua que pasión por coaligar, aunque quizás termine cediendo una habitación con vistas, la oposición le insta a gobernar cuanto antes, porque ven ahí posibilidad de desgaste, o eso calculan. Ya se sabe que, con este panorama, Sánchez no puede prescindir de Iglesias, y mucho menos Iglesias de Sánchez. Vendrá más cortejo, quizás más discreto, más secreto y más concreto, y crecerá la colaboración, o lo que surja. Pero ya no hay más tiempo para el teatro o el disimulo, y pronto todos tendrán que llamar a las cosas por su nombre y hacerse las fotos con los invitados.