El Correo Gallego

Noticia 1 de 1 Opinión » Firmas

LOS REYES DEL MANDO

JOSÉ MIGUEL GIRÁLDEZ

Tromba

11.10.2018 
A- A+

ENTONCES fue la tromba. Grabada, como acostumbra a ocurrir, con los teléfonos móviles, mientras se escuchan exclamaciones aterrorizadas de fondo. Grabaciones domésticas del miedo. La gente escucha caer el cielo sobre sus cabezas, o poco menos, y acude a grabar el desastre porque sólo viéndolo se puede ser consciente del tamaño de la tormenta. Hoy lo grabamos casi todo: si el fin del mundo fuera mañana, también lo grabaríamos. Y eso acaba en los informativos. Y así conocemos el instante, el momento atroz. Sucedió en Mallorca. Sant Llorenç fue la zona cero.

Las grabaciones no profesionales ofrecen un realismo atroz, fotogramas de textura humana, y el daño se hace aún más evidente. Graban lugares que reconocemos, cocinas, patios, senderos, coches a la deriva, o amontonados en las márgenes de las carreteras secundarias, como si fuera un cementerio de animales prehistóricos, abatidos sin remedio. Las grabaciones de las tormentas, los huracanes, los fenómenos extremos, son cada vez más comunes. Todo parece suceder de repente. En pocos segundos el cielo se carga con toda la fiereza de la que es capaz, y entonces descarga sin piedad.
Y ahí están las cámaras de los móviles. Retratando la riada que galopa por las calles del pueblo, y que, por las razones que sean y quizás no conozcamos, nadie ha logrado predecir con suficiencia. La muerte cae a plomo, los coches parecen aquellos con los jugábamos en la bañera. Todo se desata y, con esperanza, el que graba dice sobre el vídeo casero: “el seguro lo cubrirá”. Y, al lado, mil exclamaciones de horror. Lenguaje fuerte. Palabras duras: ¿contra quién?

La mirada es, en efecto, cercana y doméstica. Esa infinita paciencia de la gente. Esa forma de llevar los males del día, cuando se acumulan sobre otros, cuando forman una montaña. Es el estupor lo que invita a grabar, la incredulidad de que esté pasando lo que está pasando, por mucho que salga de vez en cuando en los telediarios (cada vez más). Y graban, aunque saben que allá va parte de su hacienda y su fortuna. En cosa de segundos, todo se va. Los coches son apenas cáscaras de nuez, como si estuvieran en un malestrom. El agua, infinita. Las telas del cielo desgajadas. Lo que fue calle es río, o incluso mar. Pronto el agua encontrará su camino, se despedirá tras haber cobrado, también, un peaje de vidas humanas.