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A SON DE MAR

JUAN SALGADO

Gastronomía, ¿la mejor promoción?

19.08.2019 
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NO RESULTA FÁCIL determinar en origen las razones que derivaron en esa atávica costumbre tan gallega de la pasión por lo pantagruélico de las comidas, donde a la variedad se suma la abundancia -que la calidad ya viene de suyo- para acabar convirtiéndose en la excelencia de las celebraciones, desde una fiesta a un entierro.

La dimensión pública de esa costumbre tiene su asiento, creciente en número y variedad de productos alimentarios que celebrar, en las fiestas gastronómicas que, aseguran quienes lo han vivido, pueden degustarse de punta a punta de Galicia y día tras día, especialmente en verano, agotando antes el calendario que la posibilidad de asistir a todas y cada una de ellas.

Muchas de esas fiestas gozan -no siempre con criterios de objetividad- del sello de Interés turístico con el que las autoridades suelen premiar, sólo sobre el papel y tantas veces en aras de cómplices fidelidades, la antigüedad, singularidad, el arraigo y los valores culturales de cada una de ellas. Si los tres primeros criterios son fáciles de determinar, el de los valores culturales va, como las modas, a criterio de cada cual, que ¡ancha es Castilla!

Y lo que nació como digno reclamo y merecida exaltación pronto se convirtió en mimético seguimiento desde poblaciones que no quieren ser menos, de modo que al Cocido de Lalín, al Pulpo de O Carballiño o al Albariño de Cambados se fueron sumando otras donde, a falta de productos autóctonos dignos de encumbramiento, se exalta -o eso dicen- el huevo frito, la pata de cerdo, la rosca, la tortilla o las cacheladas. Que en la variedad está el gusto.

Al final, en buena parte de ellas ocurre con lo que con las pretendidas fiestas celtas o medievales -según cuadren los vestigios de la localidad- que se reparten en verano con excesiva fruición por villas y pueblos; que todas ellas tienden a la uniformidad y a la repetición de espectáculos y de la oferta gastronómica, más allá del producto pensado como reclamo. Pero ni exaltan nada, ni tienen singularidad alguna y el arraigo aún tendrán que ganárselo. Es decir, son sencilla y llanamente un fraude respecto de lo que en teoría se proponen.

Muy pocas de ellas, en resumen, cumplen la finalidad para la que fueron creadas, la exaltación de lo propio y singular. Lo que requiere obviamente de la oferta, sin engaños, del producto a exaltar -que no ocurre en muchos casos-, además de aderezar esa regalía gastronómica con actividades complementarias que hagan del evento algo más que un festín y contribuyan a magnificar la valía del producto en cuestión.

El creciente sector agroalimentario gallego, amparado en el marchamo que le aporta Galicia Calidade, se asienta en el buen hacer de sus promotores y el valor añadido que supone la imagen de calidad de los productos autóctonos. Ponerlos en cuestión, como tantas veces sucede con esas mal llamadas fiestas gastronómicas, es un flaco favor que no se merecen ni esos empresarios ni, menos aún, Galicia.

jsalgado@telefonica.net