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a son de mar

JUAN SALGADO

Justicia sin compasión es crueldad

12.01.2019 
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ES DIFÍCIL SABER, mientras no se dicte la correspondiente sentencia, qué crimen de lesa humanidad cometió el investigado exministro y expresidente de la Generalitat valenciana, Eduardo Zaplana, que lleva en prisión provisional varios meses mientras se sustancia la instrucción de su caso y que estos días permanece internado en un centro hospitalario a causa de su delicada -y no se sabe si acaso irreversible- situación de salud, como consecuencia de las complicaciones surgidas debido a la leucemia que padece.

Se antoja, asimismo, difícil de conocer en qué doctos libros humanísticos de la Justicia estudiaron la titular del Juzgado de Instrucción nº 8 de Valencia y el fiscal del caso para negar hasta en cinco ocasiones la libertad condicional del político detenido provisionalmente y que se solicitó en razón de los fundamentados informes médicos -entre ellos el de la propia Sociedad Española de Hematología- que avalan la conveniencia de que Zaplana no vaya a la cárcel por "riesgo vital grave". Y rechazarlo, además, desde la dudosa seriedad de afirmaciones como que en paraísos fiscales también hay hospitales o de que no hay sobreabundancia de pulseras ya que la violencia de género las precisa todas.

Como en el caso de la mujer del César, a las instituciones y el Derecho de un país hay que exigirles que, además de hacerlo, den apariencia de que los ciudadanos no están sujetos a la voluntad del más fuerte, del mismo modo que cabe demandarles que la justicia se cumpla, sí, pero sin que ese propósito se convierta -o siquiera lo parezca- en sed de venganza alentada por el resentimiento social o por la autocomplacencia de atestiguar la caída de los otrora más poderosos.

Lo que el pensamiento occidental nos ha enseñado, desde Grecia hasta aquí -con las muy concretas excepciones del más escéptico estoicismo- es que la Justicia precisa, para serlo en su integridad, de la muleta de la conmiseración, que ya don Quijote aconsejaba a Sancho para su Barataria "que no es mejor la fama del juez riguroso que la del compasivo".

Aristóteles fue el primero en aproximarnos a la relevancia de la compasión defendiendo el potencial moral y político que contiene, valores en los que ha profundizado en los últimos tiempos su exégeta, la filósofa norteamericana y premio Príncipe de Asturias 2012, Martha Craven Nussbaum, para apuntalar que "la relación entre la compasión y las instituciones sociales es y debe ser una vía de dos direcciones: los individuos compasivos construyen instituciones que encarnan lo que imaginan; y las instituciones, a su vez, influyen en el desarrollo de la compasión de los individuos".

En idéntica sintonía con el pensamiento clásico de que la Justicia es virtuosa cuando se dispensa sin pasión y doblemente virtuosa cuando se ejerce, además, con compasión lleva incidiendo durante su pontificado el papa Francisco, que ya en 2015 en la vigilia previa al Sínodo de la Familia señaló que "si no somos capaces de unir la compasión a la justicia, terminaremos siendo seres inútilmente severos y profundamente injustos". Una idea nada novedosa en la Iglesia católica, que ya unos cuantos siglos antes Santo Tomás de Aquino había reflexionado que "la misericordia sin justicia engendra disolución. La justicia sin misericordia es crueldad".

jsalgado@telefonica.net