El Correo Gallego

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EDITORIAL

JUAN SALGADO

Oporto, tan cerca pero tan lejos

02.12.2019 
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SE ALUDÍA aquí el lunes a las diferencias existentes entre los aeropuertos santiagués de Lavacolla y el de Sá Carneiro, en Oporto, ratificando la afirmación del edil de Turismo compostelano cuando aseguraba que nuestros vecinos lusos, en lo que hace a la navegación aérea, juega una más importante división.

A las ya aludidas razones geográficas, de marketing, diseño de rutas, ausencia de presiones políticas y complementariedad con el de Lisboa, cabría añadir otras no menos relevantes. Así, la accesibilidad a las instalaciones aeroportuarias, con una red de comunicaciones de primer nivel y la consiguiente articulación de líneas de transporte -la intermodal ferrocarril-metro- y bonificación de precios para ese transporte -con mínimos de 11 euros desde Vigo y 15 desde A Coruña-.

Política de precios presente también en las propias tarifas aéreas, como se constata incluso en aquellas que unen a Oporto con cualquier localidad española, más competitivas que las que ofrece cada uno de los aeropuertos gallegos.

Hay, con todo, otro factor que destaca sobre los enumerados y que tiene que ver justamente con la segunda parte de las manifestaciones del aludido concejal santiagués de Turismo, Guinarte, cuando añadía la conveniencia de establecer sinergias entre ambas terminales.

Ciudad Patrimonio Mundial de la Humanidad desde 1996 en su centro histórico, la ciudad ribereña del río Douro ha logrado en 2017 y por votación de 174 países distintos el reconocimiento como "mejor destino europeo del año" que promueve el European Best Destination, con el triple de votos de los logrados por la ciudad croata de Zadar, vencedora en la edición del año anterior. Una elección, la de Oporto, que dista de ser ocasional o circunstancial, por cuanto viene a ratificar otras dos más, logradas en 2012 y 2014.

Son circunstancias y políticas que han propiciado un despertar turístico que si tradicionalmente giraba en torno a las bodegas ribereñas del afamado vino a que da nombre la urbe, se ha extendido en los últimos tiempos a la totalidad del entramado urbano y aún a su área metropolitana, con crecimientos sostenidos de dos dígitos al año, hasta llegar a esos doce millones de movimientos aéreos, la mayor parte de ellos vinculados a esa floreciente actividad de ocio. Tanto, que comienzan ya a constatarse los primeros problemas de turistificación, como peculiar variable de la gentrificación, con alquileres superiores al salario mínimo interprofesional, y una incipiente turismofobia a causa del consiguiente efecto expulsión de sus residentes.

Son, en suma, coyunturas que con políticas adecuadas desde Galicia debieran ser contempladas más como oportunidades que como la tradicional rivalidad que nos hace mirar cuanto ocurre en el país vecino -"tan cerca y tan lejos", que resumía un ya viejo slogan turístico suyo- con los paralizantes ojos de la envidia. Tanta, que nos hace olvidar incluso que más que la defensa de un aeropuerto por su proximidad, Lavacolla, -con la próxima y amenazante fecha de caducidad que implicará la llegada del AVE- , lo que deben hacer los representantes públicos compostelanos es favorecer la llegada de un turismo de calidad, venga de donde quiera y aterrice donde quiera que aterrice.

jsalgado@telefonica.net