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LUIS PÉREZ

Se agarran para no caerse

17.11.2019 
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En tan solo medio año la situación política de España ha cambiado radicalmente. A peor. En los últimos seis meses el independentismo catalán, envalentonado por la debilidad del Gobierno central, ha dado un salto peligroso. De la protesta pacífica pasó a la violenta, increíblemente alentada desde las instituciones autonómicas. Por otra parte, del 28-A al 10-N los partidos de la izquierda estatal (PSOE y Podemos) sufrieron una considerable pérdida de apoyo que complica enormemente la viabilidad del pacto exprés suscrito el pasado martes.
En abril era posible el acuerdo, pero la avaricia les pudo. Los números daban e incluso era deseable el experimento, aunque solo fuera para conocer el resultado efectivo del populismo. Porque criticar es lo más fácil del mundo. Otra cosa es gobernar, gestionar eficazmente los recursos públicos. Tenemos ejemplos cercanos (Santiago, A Coruña y Ferrol) y autonómicos pero falta el estatal.
La foto más repetida de los últimos días refleja la situación que vive España. No fue un abrazo de amigos o de adversarios que se reconcilian. Es imposible tal grado de cinismo, por mucho que en política prime la hipocresía. Sánchez e Iglesias se agarraron para no caerse, tambaleantes ambos aun tras el tropezón del domingo. Tratan de resistir a toda costa después del claro mensaje recibido de los españoles: menos votos y escaños. Debieran haber seguido la estela menguante de Rivera, entonar el mea culpa y dejar en manos de compañeros los retos a los que se enfrenta el país, no solo Cataluña, aunque en este momento es el principal.
La gestión política de Sánchez abonó el protagonismo de los extremos: la radicalización del independentismo catalán y el fulgurante ascenso de la extrema derecha en casi toda España. Galicia fue excepción. Vox no podía encontrar contrincante más favorable que Sánchez para sus intereses. En menos de un año se disparó de cero a 52 escaños, de la nada a tercera fuerza política en España.
El bloqueo político no se supera con un acuerdo entre PSOE y UP, aunque los votos del independentismo catalán permitan la investidura. Al contrario, se agrava. Para salir del atolladero se necesitan más actores.
Tal como prometió la noche electoral, Sánchez debe explorar otras opciones y apartarse de Torra. Ya fracasó una vez, estando en mejor posición, cuando lo del relator, y ahora vienen con exigencias imposibles de aceptar.
En el plano económico tampoco ayuda la compañía de Podemos. El modelo populista puede resistir en tiempos de vacas gordas, pero no con el panorama que se vislumbra para los próximos años. El frenazo se intensifica. Claro que Iglesias, al igual que su colega Tsipras en Grecia, siempre tiene la posibilidad de convertirse en ejecutor de las tan denostadas políticas de austeridad. Ya avanzó a los suyos que se prepararan para tragar sapos y culebras. Todo sea por la vicepresidencia.
En la hucha de las pensiones reinan las telarañas. No es lo peor, pues para eso estaba. Para usar los ahorros cuando los ingresos no cubrieran los gastos. Lo grave es que la deuda de la Seguridad Social se dispara de tal manera que en poco tiempo el sistema está abocado a la quiebra. Para abordar el problema seriamente se necesitan unos consensos amplios que el trío Sánchez-Iglesias-Torra no está en condiciones de lograr.
La crisis de la Seguridad Social es solo un ejemplo. Uno de los más preocupantes, pero que poco parece interesar a PSOE y Podemos. En el decálogo rubricado con el falso abrazo se coloca al mismo nivel de preocupación la extensión de las casas de apuestas o el cuidado de los animales que el futuro de las pensiones.
Si cuaja la fórmula Sánchez-Podemos (el PSOE es bastante más que su actual secretario general, mientras que Iglesias y Podemos son prácticamente lo mismo), será la primera vez que tengamos un gobierno de coalición, de pequeña coalición habría que matizar, pues está a más de veinte escaños de la mayoría. Ya puestos, ¿por qué no de Gran Coalición?