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El Correo Gallego

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TRIBUNA

Mª KARLA BARCA MARRERO

Un vacío hipermoderno

12.07.2019 
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YA no es novedad que las redes sociales se están convirtiendo en auténticas guías para sobrevivir a la era que nos ha tocado vivir: la hipermodernidad. Se ha inoculado en el cuerpo social un vacío comprendido en tres niveles. Dice Lipovetsky, que el primero tiene que ver con la caída de las grandes ideologías de la modernidad en las que ya prácticamente nadie cree: la nación, la revolución o la religión. En segundo lugar y, desgraciadamente, el vacío también en la vida política pues hoy en día son el mercado y el comercio, la economía de los países; los políticos tienen cada vez menos posibilidades de cambiar su entorno. Y, el tercer nivel, mucho más inquietante, tiene que ver con las preguntas que se formula el individuo sobre el sentido de su vida: cuanto más solos nos sentimos, más necesidad tenemos de llenar todos esos vacíos.

Los seres humanos tienen necesidad de conectarse con el mundo y de encontrar la manera de permanecer unido a él. Como apunta Enrique Dans, alrededor del 25% de la población mundial dispone de conexión a Internet y en torno a un 5% más tiene acceso a la red exclusivamente a través del móvil. Los países con una mayor penetración de Internet tienen entre el 75% y el 80% de su población conectada. La retroalimentación continua de contenidos y la multidireccionalidad en la emisión
de mensajes, por ejemplo, han sido algunas de las consecuencias más destacadas y evidentes.

No seré yo quien niegue los efectos positivos de lo digital en la esfera de la vida privada pero también vienen acompañados de nuevas amenazas y servidumbres. No solo hemos perdido gran parte de nuestra eficacia y de nuestro tiempo por dedicar demasiado espacio diario a Internet, sino que también abundan nuevas formas de sometimiento y dependencia. Según diversos estudios, más de la mitad de las personas sufren cuando no están conectados y manifiestan síndrome de abstinencia, angustia, sensación de soledad y depresión. En todo este ambiente, las redes sociales se postulan como firmes candidatas para combatir la posibilidad de estar solos menos tiempo, pero no podrán luchar contra la soledad que se avecina en el mundo. ¿Habremos vendido nuestra alma al diablo?

Hoy en día, sentirse querido, llenar vacíos y conectarse con el mundo parecen ser los deseos que le hemos pedido al genio de la lámpara. A cambio, le hemos prometido que estaremos dispuestos a perder nuestra personalidad y a reclamar aprobación en cada story. Una cuenta en Instagram nos crea la falsa idea de estar informados, la falsa sensación de cercanía con nuestros allegados y la necesidad aplastante de buscar confirmación. Lo inmoral de todo este maquiavélico plan del nuevo milenio es la gran mentira que hay detrás. Como si cada filtro que usásemos fuese una capa que añadimos a nuestro cuerpo y a nuestra alma.

Y aquí aterriza otra de las paradojas de esta sociedad hiperindividualista: mientras más personas afirman su autonomía, más necesidad tienen de reafirmarla a través de los otros. En Instragram, puedo fingir ser quien me gustaría ser, puedo mitigar la sensación de soledad al ver en tiempo real la vida de otros y puedo medir mis aspiraciones en base al otro. Ya no soy yo sino una proyección de mí.

Escritora