El Correo Gallego

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LOS REYES DEL MANDO

JOSÉ MIGUEL GIRÁLDEZ

¿Qué Macron queremos?

11.11.2018 
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VI la llegada de Trump de nuevo a Europa, aeropuerto de Orly: disciplinada bajada por las escalinatas del avión, mano tendida a su esposa, buen ritmo de bajada, ya digo, sin nada extemporáneo. Poca sonrisa, eso sí. Trump puede hacer notar su cabreo, vaya si puede. Le gusta que se advierta en su imagen: venía atravesado, no diré con rabia, pero sí con disgusto. Bajada de escalinatas tenue, saludos minimalistas, Melania restringida al protocolo, aunque a buen seguro enamorada de París, su luz y su glamur. No todos los días se anda por el Eliseo, queridos. Pero Trump venía cruzado de la aeronave, estaba deseando ver a Macron, con el que tan buenas migas hizo en el pasado. En un informativo escuché que el francés era el único capaz de susurrarle al oído. Entiéndame: de los mandatarios. ¿No sería una pena echar por tierra esa posibilidad, considerando que Trump suele traerse los discursos limados con su acero verbal y que no entiende de diplomacias a la francesa, ni quizás de ningún otro estilo?

 

Macron, creo que fue en una entrevista con una radio, se fue de la sin hueso, vamos, lo digo sin ofender: sacó el tema de la creación de un ejército europeo para protegernos de quien sea. E incluyó, entre esos países de los que habría que protegerse, a Estados Unidos. No sabes con qué Macron quedarte. Él parece divertido, salvo cuando aquel adolescente le habló como colega. Tiene una frescura curiosa, sí, pero también puede marcar distancia. Ahora que Merkel se va yendo, el francés queda como referencia de una Unión Europea que defendió, justo es reconocerlo, ante el discurso excluyente de la extrema derecha. Y, así las cosas, siempre habrá un lugar para Macron bajo el paraguas que avanza bajo la lluvia contemporánea. Está bien que lo haya. No sabes si la propuesta de Macron fue un farol o un regusto comunicativo: aquello de mandar un mensaje a Trump antes de que aterrizara, para que no pensara que la visita sólo consistía en recordar el final de la Gran Guerra en esos eventos de la memoria que los franceses, que tanto han sufrido en el siglo XX, siempre construyen con envidiable sentido escénico. Trump debía saber lo que hay.

Y por eso el líder norteamericano bajó las escaleras masticando el enfado. Esos morritos que anuncian tormenta. Desde la escalinata me maravillaba yo del granizo que descargaría sobre Macron, protegido, eso sí, por la parafernalia protocolaria de palacio. Poco margen para un Trump que anhelaba deslenguar sin esperas (algo le dijo al oído, nada más llegar). Y luego, sentados muy próximos, esa cosa de Macron de ir agarrando a Trump por el hombro, por el brazo, por la pierna… cielos: se diría que era español. ‘Body language’, decían en la CNN, creo, admirando los intentos de Macron, que, con el invitado en casa, era otro hombre. Que sí, que habría más dinero para la OTAN desde Europa, que era justo y necesario, y que pelillos a la mar. Y Trump dejó caer los músculos tensos, como si al fin estuviera en uno de sus ‘resorts’. Su reino por un Campari. Todo esto duró apenas unos minutos ante las cámaras. La pregunta ahora es: ¿qué Macron queremos? ¿El que sabe susurrar a Trump al oído o el que consigue enfadarlo en la distancia aérea? Macron resulta aún bastante enigmático.