El Correo Gallego

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AL SUR

MARCELINO AGÍS VILLAVERDE

Cuatro gatos

15.04.2019 
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SUCEDIÓ un domingo cualquiera de cuaresma, poco antes de que el sacerdote comenzase a leer el Evangelio: "Un padre tenía dos hijos. El menor de ellos le dijo: padre, dame la parte de la herencia que me corresponde".

Por entre las patas de los bancos avanzó, sin apenas ser vista, una joven gatita de color negro azabache. Su piel brillante y sedosa, la dócil delicadeza de sus pisadas sobre el frío mármol de la iglesia, su parsimonia calculada, me demostraron que era un animal doméstico bien cuidado. Cuando llegó a pocos metros del altar se sentó y se puso a escuchar atentamente. "El padre les repartió los bienes. A los pocos días, el hijo menor, juntando todo lo suyo, emigró a un país lejano, y allí derrochó su fortuna viviendo como un perdido".

Tanto yo como los niños, impecablemente vestidos con su ropita de domingo, éramos incapaces de separar la vista de la gata, mientras el cura seguía con la historia. "Cuando se lo había gastado todo, vino un hambre terrible en aquella tierra, y empezó él a pasar necesidad". Aquella devota gatita parecía asentir con la cabeza y, en el mismo instante en el que el sacerdote pronunció la frase culminante de esta hermosa parábola ("me pondré en camino a la casa de mi padre"), la gatita, como entendiendo la indirecta, dio media vuelta y se fue. ¡Vaya por Dios! Éramos cinco y, sin ella, quedamos cuatro gatos.

Catedrático de Filosofía