El Correo Gallego

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JOSÉ MANUEL ESTÉVEZ-SAÁ

Migrantes sólo cualificados

24.02.2020 
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ME sorprende que haya quien se eche las manos a la cabeza al constatar la política inmigratoria que está dispuesto a aplicar Boris Johnson en Reino Unido. Hace meses que venimos advirtiendo sobre el cúmulo de despropósitos que supone y acarreará para las generaciones venideras el fatídico 'brexit'. En plena campaña electoral, cuando se avecinaban las elecciones generales del 12 de diciembre, alertábamos aquí sobre los problemas que, sin duda, provocaría la predecible victoria de los conservadores británicos. Desde la distancia, resultaba fácil predecir el constatado resurgimiento de la xenofobia en las Islas. También la ceguera del Parlamento díscolo a la hora de reconocer que las acciones y los riesgos terroristas en territorio insular no surgían del exterior, sino que emanaban de una ciudadanía local mal integrada y peor diagnosticada. Incluso llegamos a augurar el flaco favor que las fuerzas políticas mayoritarias le hacían a una comunidad migrante tan necesaria como desatendida.

El propio programa electoral del Partido Conservador y 'Unionista' del Reino Unido nos generaba tantos miedos como dudas. Y, aun así, la gente menos viajada y peor leída decidió apostar por una ruptura con la UE tan absurda como inmerecida para las partes implicadas. Ahora, el gabinete que dirige Johnson no hace sino cumplir sus promesas de campaña en materia inmigratoria. Así pues, que nadie se escandalice. Por entonces, los conservadores, con Johnson a la cabeza, hablaban de "talentos excepcionales", de trabajadores cualificados con oferta de empleo, y de personal no cualificado con supuestos visados de corto plazo. Estos días el Gobierno británico ha empezado a precisar las cualidades (con un baremo por puntos) de aquellos que serán aceptados como ciudadanos de primera, con formación, competencia lingüística y un contrato salarial de 25.600 libras; lo cual no hace sino confirmar lo ya anunciado semanas atrás.

El problema vendrá después. Lo debería saber el 'premier' británico, al igual que lo supo Angela Merkel cuando se convirtió en la madre acogedora dispuesta a arropar a esos migrantes que huían de los primeros conatos de la guerra en Irak y Siria. Hablamos de dos industrias, la alemana y la británica, necesitadas no de miles, sino de cientos de miles de trabajadores dispuestos a cubrir las necesidades laborales de dos países cuya preeminencia y crecimiento radican en su capacidad para mantener su complejo tejido industrial y empresarial. Sin la fuerza laboral que constituye la mano de obra inmigrante, su éxito resultará imposible; especialmente en un momento en el que, tanto en Alemania como en Reino Unido, los estudios universitarios y la cada vez más elitista formación profesional, no son capaces de nutrir la demanda laboral de esas naciones que aspiran a competir, en servicios, diversidad de producción y variedad de mercados, con el resto del mundo.

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