El Correo Gallego

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CARLOS LUIS RODRÍGUEZ

El ministerio- megáfono

12.01.2020 
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ADEMÁS de otras aportaciones hispanas al lenguaje político, como "liberal" o "guerrilla", el "ministerio sin cartera" merece ocupar un lugar destacado. Se trata de una figura destinada a revestir el nombramiento de alguien que tiene que estar en el gabinete debido al pago de algún favor, o simplemente porque el presidente quiere tener a su lado a alguien de mucha confianza, un favorito por así decirlo. Se admite que no hay ninguna competencia que darle, ni ninguna responsabilidad que se pueda trocear como un pastel para darle una porción, y entonces se inventa un ministerio vacío. ¿Criticable? Sí, pero al menos se admitía honestamente que se creaba un departamento hueco sólo habitado por fantasmas, con la excepción del titular que a veces también lo era.

Hubiera sido preferible que Pedro Sanchez rescatara esta figura para completar el puzle de su coalición. Para eso tendría que servir también la memoria histórica. O si no, tomar ejemplo de lo que se hace en otros países. En alguna satrapía caribeña existen ministerios dedicados a la "felicidad" cuya función principal es hacer feliz al ministro en cuestión, y al comienzo de la Vía Véneto en Roma hay un pomposo edificio que albergaba hasta no hace tanto un Ministerio para la coordinación ministerial, destinado a facilitar la formación de los complejos gobiernos italianos. Finalmente la felicidad patria no tendrá cartera, ni tampoco la coordinación de ministerios, ni se desempolvará al ministro sin ministerio.

La solución es peor. Gracias a un milagro político se multiplican los ministerios para que los socios queden satisfechos y al mismo tiempo controlados. Podemos obtiene tres tipos de carteras: las que son meras golosinas, las que están envenenadas y aquellas que equivalen a un megáfono. Sánchez suscribe una póliza de seguro que le garantiza que no habrá indignados contra su gestión, pagando con ministerios del Monopoly donde se podrá hacer ruido sin que haya nueces. Igual que en otras épocas de cuyo nombre no quiero acordarme, el furor revolucionario va camino de ser un azucarillo que se disuelve en la tecnocracia y se diluye en otra multiplicación de vicepresidencias.

A partir de ahí, el ilusionista trocea responsabilidades y crea ministerios que la distribución competencial del Estado Autonómico condena a la nada. Evidentemente no es que se haya pensado primero en la estructura gubernamental para buscar después a la persona adecuada, sino que antes de nada se establece la necesidad de "ahogar" los ministerios de los socios y sólo más tarde se hace un ejercicio de inventiva para bautizar las carteras. Bob Dylan canta al hombre que puso nombre a los animales, y en la política española hay otros que ponen nombre a los ministerios. Todo se explica en la necesidad de hacer de este Gobierno un parlamento en miniatura donde quede claro quien manda, quién es el domador y quién el domado. Pudo hacerse lo mismo recurriendo a los entrañables ministerios sin cartera con los que se admitía sin tapujos la existencia de ministros que lo eran sólo por la gracia del presidente. Ahora se oculta lo obvio.

Periodista