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LOS REYES DEL MANDO

JOSÉ MIGUEL GIRÁLDEZ

Los niños muertos

11.08.2018 
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QUERIDO agosto:

Esta quietud de nuevo soleada, que inunda y abraza el sábado, este día
azul que de nuevo has hecho crecer entre nosotros, se tiñe sin embargo
de amargura por los niños muertos en conflicto en las últimas horas.
Sucede con demasiada frecuencia, y no es extraño que suceda, pues ellos
son siempre el eslabón más débil, la parte más indefensa, y la brutalidad
de la guerra es demasiado inabarcable, demasiado ciega, demasiado
absurda. Hablar de esto, agosto de luz, hablar de esta oscuridad en pleno
siglo XXI se hace extraño. No es otra cosa que el síntoma de un grave
fracaso. En nuestros sueños, no imaginábamos así el futuro. Creíamos que la guerra se convertiría pronto en algo viejo y triste, en una memoria
negra de un pasado sin duda enfermizo, cuando aún la civilización era
imperfecta y gris. Pero tal vez sucede que esto que vemos ahora no es aún el futuro, aunque nos guste pensarlo, sino una pequeña variación del
pasado, un avance en algunas cosas y un retroceso en otras muchas: más
de las que nunca hubiéramos imaginado.


El mundo violento no ha desaparecido con la llegada de los grandes
cambios, con los nuevos desafíos de la modernidad, a pesar de lo que
decían nuestros sueños utópicos. Basta, digámoslo de nuevo, con pinchar
a cualquier hora del día los informativos, que siempre, siempre, vienen
preñados de dolor, cercano o lejano. Las guerras enquistadas, movidas por intereses que no parecen propios de mentes supuestamente
evolucionadas, no difieren demasiado de las de otras épocas. Más
sofisticadas, eso desde luego, pero alimentadas por los mismos
pensamientos mezquinos, por los mismos egoísmos, por la misma
ambición, por el mismo impulso animal. Un alto tanto por ciento de la
información que recibimos cada día se refiere exclusivamente a
acontecimientos violentos, luctuosos y terribles. Y muchos de ellos son
hechos consumados, hechos que nadie podrá cambiar ni mitigar, pues
hablan directamente de la muerte. Y la muerte no tiene solución. Son
consecuencia de acciones que tienen el mismo efecto que las guerras toscas y brutales de otro tiempo, que se llevan por delante lo único que poseen los seres humanos.

No creo que pueda alcanzarse el futuro en estas circunstancias. Podremos
progresar en la ciencia y en la tecnología, podremos llegar a otros
planetas, viajar a dos mil kilómetros por hora, pero eso no será el futuro.
Los niños que mueren en vehículos reventados por las bombas, en
edificios donde apenas pueden cobijarse de la lluvia de proyectiles que
arrojan los adultos, que se ahogan casi cada día en el Mediterráneo
porque se les niega llegar a tierra firme, que deambulan solos por las
fronteras, nos enseñan nuestro fracaso. Y nuestro egoísmo. Y nuestra
ceguera. Hay algo prioritario y es la vida. Nada más es tan importante. Ni
la economía, ni la cultura, ni el desarrollo de un país, ni por supuesto la
victoria de cualquier opción política. Hay algo inminente, urgente,
imprescindible y único. Y es la vida. También la vida de los otros. Pues
nada más tienen, ni nada más tenemos. No salvar a los niños de la muerte
es destruir el futuro. Y el amor.


Y, sin embargo, luminoso agosto, bajo los cielos azules y el sol de la
infancia siguen llegando a la pantalla los niños muertos.