El Correo Gallego

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JUAN SALGADO

No enfangar el sistema universitario

15.09.2018 
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QUE, además de los másteres, las tesis doctorales también las carga el diablo en la exigible dosis de rigor que cabe esperar de su contenido lo puede comprobar cualquier lector con la paciencia y la curiosidad suficientes como para entrar en alguna de las que están al alcance de un clic en la Minerva compostelana y comprobar cómo en alguna de ellas y como criterio de autoridad para ratificar unos datos sobre Compostela se recurre a un folleto publicitario de información turística municipal. ¡Toma rigor !

Ocurre que en la mayoría de los casos esas tesis, pese a su accesibilidad vía on-line, duermen un merecido sueño de los justos hasta que, como le ocurrió al presidente Pedro Sánchez, circunstancias ajenas al propio currículo académico llevan el foco del interés mediático a esa parte de la trayectoria propia centrada en lo que se cuenta en dicha hoja de servicios y su ajuste con la realidad. En este caso y al margen de la evidencia que se logre del supuesto plagio o los pretendidos recorta y pega que alguien con conocimiento de causa se atrevió a aventurar en el trabajo doctoral cuestionado, es un hecho sorprendente la diligencia y dedicación de nuestro presidente, capaz no sólo de realizar una tesis doctoral sobre Economía en el breve plazo de dos años, cuando a la mayor parte de sus compañeros de disciplina les ocupa cuatro a todo tiempo, sino que ese corto plazo lo apuró hasta el máximo al hacerlo compatible con su actividad profesional y política de entonces como diputado en las Cortes Generales. ¡Para que luego le resten méritos y capacidad de trabajo!.

Sabíamos por la evidencia de los hechos que en Alemania la constatación de un plagio en una tesis doctoral acarreaba la dimisión de un ministro -Karl Theodor zu Guttenberg-. En esta España de tan manifiesto adocenamiento político sólo un indisimulado afán de figurar llevó a algunos de sus representantes públicos a inflar sus propios currículos académicos sin la sombra de amenaza del país germano y sin más valor que el de la presuntuosidad, salvo en aquellos casos funcionariales en los que la acreditación supone un incremento salarial.

Dicen que éste, el beneficio salarial, fue el que movió a Cristina Cifuentes a apurar su máster, uno más en esa inmensa maraña de oportunidades que las universidades ofrecen -hasta 3.540 en que escoger- para colmar el ego más exigente. Y fue esa insaciable voracidad política de cobrarse una presa por el lado de la mentira o el enchufismo, que no por una titulación de más o de menos, la que destapó la caja de los truenos y el apenas iniciado proceso inquisitorial al que asistimos ahora mismo y que puede acabar, además de con la citada Cristina y con la ya ex ministra de Sanidad, con una parte nada despreciable de nuestros políticos en las listas del paro.

En todo caso, y más allá de la casuística de nombres de mayor o menor relieve, la sociedad toda aguarda de las universidades afectadas por estos incidentes la claridad y cirugía precisas para que el buen y merecido nombre del sistema universitario español no quede enfangado por prácticas corruptas, por minoritarias que resulten.

jsalgado@telefonica.net