El Correo Gallego

Noticia 1 de 1 Opinión » Firmas

EL SONIDO DEL SILENCIO

JOSÉ CARLOS BERMEJO (*)

Vosotros opinad, que yo os gobierno

14.10.2018 
A- A+

EN LAS TRES GRANDES religiones monoteístas Dios creó el mundo y es omnisciente y omnipotente. Eso quiere decir que desde que decidió planificarlo y crearlo supo todo lo que iba a pasar en él, desde el principio hasta el final. Esto planteó dos grandes problemas: el problema del mal y el problema de la libertad del hombre. Si Dios lo sabe todo, tiene todo el poder, y además, por definición es bueno, ¿cómo es posible que exista el mal? Hay dos posibilidades, o bien el mal existe porque Dios quiere que exista, y entonces no es bueno; o bien existe, aunque él no lo quiera, lo que querría decir que no es omnipotente. Hay tres clases de mal: el mal metafísico, que no es más que nuestra propia finitud; el mal físico y el mal moral. El mal metafísico deriva de nuestra condición finita o limitada, y un ejemplo sería la inevitabilidad de la muerte. El mal físico serían las enfermedades y los desastres naturales, y el mal moral es consecuencia de nuestra voluntad de hacer daño a los demás.

 

LOS TEÓLOGOS y los filósofos dieron diferentes respuestas a estas preguntas. Unos negaron la existencia de la libertad, diciendo que todo está regido por leyes y causas; otros creyeron que la libertad es solo una apariencia; y otros aceptaron la existencia de la libertad y el mal, haciéndolos compatibles con la omnipotencia y la bondad de Dios. Todo esto podría parecer hoy un anticuado problema teológico y metafísico, sin embargo, la cuestión es de la más rigurosa actualidad política en el mundo globalizado de la información y las tecnologías digitales, que todo lo saben y controlan.

 

LA IDEA DE QUE LOS REYES, emperadores o partidos políticos gobiernan el mundo de los hombres de la misma manera que los dioses del politeísmo o el monoteísmo gobernaban el universo es muy antigua. Está atestiguada en Egipto, en Mesopotamia, en China e India, y por supuesto, en el islam y el cristianismo, dos religiones fuertemente identificadas con el poder político. En el islam emires y califas están asociados a Alá, ya sea directamente o con la mediación de los clérigos, y lo mismo ocurrió en la historia del cristianismo, desde el momento en que el emperador Constantino selló la alianza entre la Iglesia y el Imperio romano. Una alianza que tuvo numerosos altibajos con las luchas entre los papas y los emperadores y los reyes, y que siguió viva cuando tras el siglo XVI numerosos reinos, como Inglaterra, crearon sus iglesias nacionales con monarcas cabezas de sus iglesias, todavía en la actualidad.

 

DA LA IMPRESIÓN DE que el gobernante era como una especie de Dios en miniatura, o tal vez al revés: Dios era una especie de gran rey o emperador y su corte celestial sería la culminación de todas las cortes terrestres. El gobernante tiene la mismas características que el Dios de los teólogos: lo controla todo, sabe todo lo que pasa y promete acabar con todos los males, por lo menos en la propaganda que hace de su gobierno. Por eso se suele decir que la filosofía política es a veces una teología política, independientemente de que un gobierno o una nación proclamen su laicidad, e incluso su ateísmo científico concebido como religión nacional, tal y como ocurrió en la URSS.

 

EL SISTEMA SOVIÉTICO FUE una continuación del sistema zarista, de la misma manera que el maoísmo fue la prolongación de la China imperial. En el zarismo el zar gobernaba en simbiosis con la iglesia ortodoxa, una iglesia que no conoció ningún cisma en sus casi 1.500 años de existencia. El zar era llamado "padrecito", velaba por el bienestar de todos sus súbditos, era bueno, y por eso si algo malo pasaba era porque él no lo sabía. El zar no podía prometer la inmortalidad ni la felicidad perfecta porque la religión ortodoxa reservaba esas recompensas para la vida futura, pero el comunismo sí que lo hizo.

 

COMO EL COMUNISMO ERA un gobierno basado en las ciencias del materialismo histórico y dialéctico, sus gobernantes, a los que siguieron llamando "padrecitos", no se podían equivocar, y si eso ocurría enseguida corregían su error. Los psiquiatras soviéticos inventaron una enfermedad llamada esquizofrenia latente, que no cursaba con ningún síntoma y se asociaba con el "trastorno de ideas reformistas", que consistía en afirmar que en la URSS había cosas malas. En la U­RSS había desaparecido el mal, por supuesto, que la medicina garantizaría en el futuro la felicidad y la inmortalidad, tal y como habían imaginado los viejos socialistas utópicos como Fourier, que creyó que en el futuro los océanos podrían ser convertidos en limonada, asegurando un suministro ilimitado de esa bebida que debía gustarle mucho, y que a comienzos del siglo XIX ideó utópicos sistemas de transporte no contaminante, como los barcos fluviales propulsados por hipopótamos.

 

LA PROPAGANDA SOVIÉTICA no se cansaba de anunciar los logros del sistema. La gente sabían que los gobernantes mentían, los gobernantes sabían que la gente sabía que ellos mentían, pero les daba igual, seguían mintiendo porque la gente les obedecía igual. Ellos eran omnipotentes, omniscientes, y por supuesto buenos, como lo había sido el Dios del zarismo. La diferencia era que la religión dejaba un margen fuera del control de los gobernantes, porque Dios estaba fuera del mundo, mientras que ellos, que estaban en el mundo, creían que podían controlarlo todo.

 

LA URSS, LA CHINA DE MAO o Corea del Norte pasan por modelos de gobiernos totalitarios por su capacidad de control de sus súbditos. Lo eran, pero en la actualidad esa capacidad de control ha sido superada con creces en el mundo globalizado de la información. ¡Ya quisieran Hitler, Stalin o Mao poder saber a través de los sistemas digitales lo que cada cual hace, dice o piensa casi en cada momento del día o la noche!

 

EN NUESTRO MUNDO HEMOS perdido el control de la economía que se ha globalizado en un sistema financiero, monetario e industrial de escala planetaria; hemos perdido el control del saber y el conocimiento, porque se ha cerrado en un sistema científico-técnico enormemente complejo, especializado y controlado por las grandes industrias, civiles y militares y las instituciones que crean, controlan y censuran el conocimiento; y hemos perdido la información, porque es tan densa y circula a tal velocidad que no somos capaces de asimilar ni procesar casi nada de ella. Y por supuesto, no tenemos acceso al poder militar y estratégico que está en manos de ejércitos profesionales y de las grandes organizaciones militares como la OTAN o el Pentágono.

 

SIN EMBARGO, LA GENTE nunca se ha sentido tan libre en el mundo desarrollado. Creemos que somos libres porque podemos tener acceso a una información sesgada y limitada, porque podemos manejar medios de comunicación como los móviles y los ordenadores y porque aparentemente podemos expresarnos, creando páginas web, chats, grupos de Facebook y todo lo que se quiera. En realidad, nuestra libertad es solo una apariencia. Creemos que somos libres pero estamos en todo momento controlados, no por un Dios que sabe todo, sino por unos sistemas de información, gobierno y poder económico y militar, que si no son omnipotentes es porque hay varios de ellos compitiendo entre sí.

 

SE NOS DICE: SOIS LIBRES, podéis opinar, escribir tuits, chatear y discutir. Pero, ¿de qué hablamos y opinamos sin parar? Pues de los mensajes que los políticos y gobernantes económicos quieren. Un presidente como Trump, un Gobierno o un líder lanzan un lema breve. Inmediatamente otros líderes comienzan a discutirlo, les siguen los periodistas y poco a poco todos los demás. Pasa el día, se cambia el lema y vuelve a girar la noria de la opinión eterna que crea y destruye la información y la realidad a la vez. No solo procesamos los que nos dicen sino que también tenemos unos emoticonos que codifican todos los sentimientos posibles. Si alguien no encontrase su emoticono sería porque es anormal, como los pacientes soviéticos con "trastorno de ideas reformistas". Decían los mitos sumerios que los dioses crearon a los hombres para que muriesen y les dejasen a ellos la vida y para que trabajasen mientras ellos contemplaban el espectáculo del teatro del mundo. Nuestros gobernantes globales son iguales a ellos, porque nos han inculcado la idea de que somos libres porque opinamos mucho y votamos. En realidad solo les interesa nuestro voto, que es un número y no una opinión. Un voto que emitimos en un festivo para no alterar el trabajo.

 

*El autor es catedrático de Historia Antigua de la U­niversidade de Santiago