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NOSOTROS Y CÍA

ÁNGEL ORGAZ

Pedro Sánchez: el hombre de las mil caras

11.11.2018 
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Sí, ya sé que lo dije en otra ocasión, por lo menos. Pero no soy capaz de sustraerme a la oportunidad de tratar de nuevo la falta de criterio de nuestro presidente del Gobierno, Pedro Sánchez.

No, no me malinterpreten. No es que le tenga ganas, sencillamente es que no me gusta, que no me inspira confianza, que cambia de opinión cada semana, cada día, cada hora, cada minuto...

La verdad, lo que está en juego en todo esto, como se suele decir vulgarmente, es mi cocido. También el suyo, no se crea. Y no sé usted, pero yo no estoy dispuesto a que los cambios de parecer del jefe del Ejecutivo socialista echen por tierra lo que he conseguido (poco o mucho, más bien lo primero, se lo aseguro) durante los más de 35 años de trabajo que llevo sobre mis espaldas.

¿Para esto tenía tanta ansia Pedro Sánchez de echar a Mariano Rajoy de la Moncloa? No me acusen de nada antes de tiempo, que hay a quien veo venir de lejos..., porque yo también compartí y estuve de acuerdo en que el presidente popular no podía seguir ni un minuto más al frente del Ejecutivo español a causa de su falta de contundencia con la corrupción.

Que sí, que era del pasado. Pero hay que ser más vehemente en algunas cuestiones. A la mujer del césar no le vale con ser decente, tiene que aparentarlo. Así es y así será, por siempre jamás.

Pero Rajoy mostraba públicamente una tibieza con los corruptos que le llevó inevitablemente a hacer las maletas y pronunciar el adiós más amargo de su vida política.

Pero ya ven lo que son las cosas. Viene Pedro Sánchez tras la victoriosa moción de censura a regenerar España y su clase política, a hacernos ricos y resolver el conflicto catalán con diálogo, a convertir la educación de nuestros hijos en un ejemplo para los barómetros ­PISA; llegaba para hacer de la Justicia un paradigma de independencia.

Y todo ello con la confianza de ganar las elecciones que en teoría iba a convocar en muy poco tiempo con el fin de darle a los españoles la oportunidad de pronunciarse, de hablar en las urnas, de expresarse sobre el Gobierno del PP con un castigo legendario y situarle a él en los altares.

¿Qué fue de todas aquellas promesas? ¡Ah!, ¿es que tengo que explicárselo?, ¿es que ustedes no leen los diarios, no oyen la radio, no ven la televisión?

Somos un país de ciudadanos inteligentes y preparados en una gran mayoría, con criterio propio, que no nos dejamos engañar fácilmente y que somos capaces de ver cuando nos quieren dar gato por liebre.

Este estado de indignación en el que me encuentro viene dado porque resulta que, al fin y al cabo, quien marca el paso al Gobierno es Pablo Iglesias. Claro, eso lo sabía hasta el que asó la manteca. Es que con los 84 diputados con que cuenta en el Congreso y la mayoría absoluta que el PP tiene en el Senado, Sánchez depende para gobernar de todo el mundo excepto de sí mismo.

Y claro, aquellos que se jactan de llamarse sus socios no hacen más que engañarle, abusar y manipularle en cada una de las cuestiones que tiene de decidir y dirimir.

Ahora resulta que no convoca elecciones ni tan siquiera en el caso de que tengan que seguir con los presupuestos aprobados por el Partido Popular (recuerden que él pedía a Rajoy que dimitiera si no era capaz de aprobarlos); que dos de sus ministros han tenido que dimitir y al menos otros dos tenían que haberlo hecho hace ya tiempo en aras de aquella regeneración que tanto nos cacareó a los españoles.

Llegó, vio y... puso a Rosa María Mateo al frente de forma provisional de RTVE para llevar a cabo la purga más vergonzosa y descarada que se ha producido en los medios públicos en España en estos 40 años de democracia.

Está dispuesto a pactar con los independentistas catalanes, o cualquier secesionista, siempre que le dé su apoyo a los presupuestos; manipula a la Abogacía del Estado, mete mano de forma descarada en la justicia, olvidando y obviando la división de poderes que determina qué es un Estado de derecho.

Así están las cosas. Y no vean las que me aún quedan fuera y que ustedes me están recordando ahora mismo.

¡Qué tristeza, qué pena!