El Correo Gallego

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contraiedades

XOSÉ RAMÓN R. IGLESIAS

Proceso (cons/pros)tituyente

07.12.2018 
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La Constitución española es tan perfecta en su redacción de derechos y libertades, que para celebrar sus cuatro décadas de vida permite la entrada a las instituciones de Vox, un partido con clara vocación de violarla -aunque luego los jueces puedan reducir esta calificación penal a abuso-. Como preámbulo a tan excelso aniversario, el pasado año por estas mismas fechas ya consintió que una mayoría de independentistas, los mismos que organizaron la consulta del 1-O no aceptada por el Estado, se hiciesen con el control del Parlament catalán, aunque en este caso los magistrados -solo los españoles- sí tuviesen muy clara la diferencia entre rebelión y sedición.

El candidato andaluz del PP comenzó su campaña en una casa de putas, ese tipo de negocio con tufo a ilegalidad pero que la Carta Magna debe amparar, porque ya son más típicas en nuestras carreteras que el toro de Osborne. El aspirante popular hizo tal sacrificio para denunciar los vicios a los que se había entregado la Administración de Susana Díaz y ahora, como recompensa, puede acabar aplicándole a la presidenta el famoso dicho de quien fue a Sevilla perdió su silla (en San Telmo). Es este un periplo singular hacia la Presidencia de la Junta que avala la Constitución, pero que para su gloriosa culminación necesita aún de una condición que pone en riesgo de infección todo el sistema democrático: Juanma Moreno no puede utilizar profilácticos en su relación con Vox. Y lo mismo su otro socio necesario, el europeísta Albert Rivera. Porque si no renuncian ambos al cordón -condón- sanitario en torno a Santiago Abascal, les faltarán centímetros para penetrar la tupida red clientelar que el PSOE andaluz tejió constitucionalmente durante cuarenta años.

Juanma Moreno, que las pasó putas bajo el verbo que se hizo carne en Susana Díaz y que recurrió a ellas para purificar el Gobierno de la madre superiora andaluza -no para explicarles sus derechos emanados de la Ley de leyes-, arde en deseos indisimulados de desvirgarse como presidente en una juerga prostibularia con Vox, para la que cuenta con el consentimiento de su hermano mayor, Pablo Casado, y de su abuelo José María Aznar, más experimentados en estas sórdidas aventuras. Albert Rivera, en cambio, persigue la imposibilidad metafísica de ser puta y virgen a la vez y reacciona como el típico niño bien que es sorprendido en un puticlub -tal vez por Macron o por Valls- y con la cara anaranjada y sin que nadie le pregunte se excusa: "A mí me trajeron y sólo tomé una copa, nada más".

Este continuo guardar las apariencias es el principal peligro que amenaza la Constitución. El establishment aparenta respetarla -esos jueces que defienden a los bancos, los que desprecian a las violadas, los políticos que pisotean los derechos básicos...-, pero en realidad le ponen los cuernos a diario. La Carta Magna pide a gritos una revisión, por muchos motivos, pero fundamentalmente para rebajar sus expectativas. El actual sería un buen texto, si estuviésemos a su altura.