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apuntes

LUIS CARAMÉS VIÉITEZ

La queja de un bandoneón

14.08.2019 
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CLARO que el presidente Macri no quería que pasase lo que pasó, pero ocurrió. Él, con el aire de nueva frontera, había prometido "pobreza cero" y hoy más de un tercio de la población vive bajo el umbral de la casi miseria, mientras la Deuda y la inflación son tan o más argentinas que siempre. Las clases medias le han dado la espalda y parece ser que la empresarial también.

Si echamos la vista atrás, por ejemplo hacia los últimos setenta años, nos encontraremos con cuatro "defaults" de su Deuda, 26 acuerdos con el FMI y dos episodios, al menos, de hiperinflación. Ese ha sido el panorama con el que ha convivido la Argentina. Movimientos erráticos sobre una senda de crisis recurrentes. Oraciones a Evita y poner a salvo el capital en plazas seguras, lejos de Buenos Aires, comportamientos habituales en ese gran país, hermosa nación que es la Argentina, destino de miles y miles de gallegos en la diáspora migratoria.

Una cosa es el liberalismo y otra la "macrieconomía". El pragmatismo al poder no significa el milagro de los panes y los peces. Aires empresariales en la política seguro que vienen más que bien, pero creer que un país, con toda su complejidad social, se gobierna como una fábrica, es un error. Poner a exejecutivos de JP Morgan, de Telecom o de la Shell no es garantía de nada, si las políticas están mal aplicadas, sobre todo en su ritmo y habida cuenta que el país, de riqueza legendaria, estaba extenuado, mientras sus grupos de presión no andaban sobrados de patriotismo. Poner una criatura a la intemperie, sin haberla dotado de las imprescindibles vitaminas y vestimentas, con el acertado objetivo -a mi juicio- de alejarse del modelo hiperproteccionista de la Administración Kirschner, no es una opción viable. Los hechos lo han demostrado.

Se ha gestionado muy mal la transición entre modelos, y no digo que hacerlo bien hubiese sido cosa sencilla. La sociedad no es un laboratorio y la prueba y error tiene consecuencias que suelen acabar con la paz social. Y Macri, que traía la "revolución de la alegría", ha acabado por morder el polvo, sin que le fuese aceptada la máxima de Churchill, según la cual las cosas han de ir peor en el corto plazo, para que luego puedan ir mejor. La Argentina no permite esos plazos, entregándose de nuevo a promesas populistas: empleo y salarios más altos ya, aunque no se sepa cómo. Peor no podrá ser, se dicen, aunque la historia muestre que sí. El kirschnerismo ya está habituado a negar la realidad cuando no le gusta, véase si no lo que perpetró con el Instituto de Estadística, al que silenció. Por cierto, Macri mostró una cierta ingenuidad cuando apostó muy fuerte por la llegada de inversión extranjera, que no se produjo con la magnitud que él esperaba.

No sé si en estos días la modesta tumba de Evita, allí en La Recoleta, sigue recibiendo fieles buscando milagros y consuelo, pero es seguro que continúa nutriendo el mito del peronismo, que es transversal en la política argentina. Cristina se ha sacado de la manga la carta Alberto Fernández, y está presta a volver a la Casa Rosada, crisol de contradicciones.

Catedrático de Hacienda Pública