El Correo Gallego

Noticia 1 de 1 Opinión » Firmas

TRIBUNA LIBRE

RAMÓN CACABELOS

Orden: el fundamento de la vida

21.04.2019 
A- A+

El concepto de orden es tan primitivo como el origen de la vida. La evolución se manifiesta siguiendo un principio ordenado, avanzando de lo simple a lo complejo, de lo mínimo a lo estructurado, de lo vulnerable a lo seguro, de lo rígido (incapaz de adaptarse, resistente al cambio) a lo flexible (adaptable, integrable), de lo efímero a lo perdurable. Si miramos a la naturaleza, siempre veremos al orden dominando al caos; la simetría y la armonía dominando a la deformidad, a la anarquía inventada, al desorden inducido. En la naturaleza todo es simétrico: los troncos de los árboles, las hojas, los frutos. La estructura corporal de todas las especies es simétrica, incluida la humana: dos extremidades, dos ojos, dos orejas, dos pulmones, dos ovarios, dos testículos, dos riñones; e incluso aquellos órganos que parecen únicos también son simétricos: la lengua, el cerebro (un hemisferio izquierdo y uno derecho), el pene, la vagina, la nariz, el corazón…Todo es simétrico y todo tiene una función definida al servicio del orden y de la armonía.

En la organización social de las especies también domina el orden y cuando el orden es violado, la especie desaparece. La propia especie humana ha sido testigo del poder del orden, que ha creado civilizaciones y culturas, y de las consecuencias del desorden que las ha abocado al exterminio y desaparición, desde el Neanderthal que precedió al Homo sapiens, hasta los grandes imperios de la antigüedad y de la modernidad, que no han sabido mantener su hegemonía devorados por el desorden. Una sociedad no se sostiene en la asimetría, y la paz social es imposible sin equilibrio. La ruptura de la simetría conduce al desequilibrio y la falta de equilibrio nos lleva al caos. Si la democracia cultiva la asimetría entre lo público y lo privado es una democracia enferma (o no es democracia).
Si esto es tan aparente, llama la atención el poco respeto (o acaso desprecio) que ciertos elementos de nuestra sociedad dispensan al orden, clave de la convivencia y el progreso. Los antiguos ya se habían percatado de ello. Hesiodo (VIII a.C.) enseñaba: “Haced las cosas de forma sistemática porque, como humanos que somos, el desorden es nuestro peor enemigo”. Heráclito (500 a.C.) también predicó las virtudes del orden, haciendo notar que “el orden oculto siempre es mejor que lo obvio” (porque el desorden se puede disfrazar con ropajes de nuevo orden). Desde los griegos, la sensibilidad de nuestra especie al orden ha sido general. Gracias al orden y a la armonía se han creado las dos instituciones que han superado épocas, prevaleciendo siglo tras siglo en todas las culturas (ejército, iglesia y equivalentes). Napoleón Bonaparte (1769-1821) decía en sus Maxims (1804-1815) que “el orden marcha con paso firme y medido; el desorden siempre tiene prisa”. Precisamente, las dos democracias más maduras del mundo (Francia y Reino Unido) que, para llegar a ese status de organización social, tuvieron que sufrir a lo largo de sus respectivas historias episodios de sangriento desorden, son las más consideradas con el precepto del orden. El poeta británico Alexander Pope (1688-1744) escribía en An Essay on Man: “el orden es la primera ley del firmamento”. Un poco antes, su paisano William Shakespeare (1564-1616), en varias de sus obras, como Richard II o Troilus and Cressida, utilizaba la armonía de la música y el espectáculo celeste para enfatizar la importancia del orden en la gestión de la vida. Desde la época de Shakespeare y Cervantes, muchos pensadores encontraron en el orden, la armonía, el equilibro y el método, un motivo de reflexión. Fue el escritor británico Samuel Smiles (1812-1904) quien en su obra Thrift dijo aquello de “un lugar para cada cosa y cada cosa en su sitio”, haciendo referencia a la importancia del orden.

En sus reflexiones sobre la revolución francesa, allá por el 1790, Edmund Burke (1729-1797) pensaba que “el orden es el fundamento de todas las cosas”; y en sus Lectures on Nothing (1961), el compositor John Cage (1912-1992) enseñaba que “la estructura sin vida está muerta; pero la vida sin estructura es invisible”. “El orden es la forma de la que depende la belleza”, decía el novelista americano Pearl S. Buck (1892-1973) en una de sus obras (“The Home-maker” To My Daughters, With Love, 1967). Analizando la historia, el escritor escocés Thomas Carlyle (1795-1881), en On Heroes, Hero-Worship and the Heroic in History (1841), insistía en que era importante reparar en las formas porque en cualquier parte el único mundo habitable es el de las formas. El gran Montaigne (1533-1592), en sus Ensayos, escritos entre 1580 y 1588, decía que “la virtud del alma no consiste en volar alto sino en caminar ordenadamente”. El mismo Montaigne enseñó que nada en la vida está garantizado si no es a través del orden, el método y la disciplina; valores, por otra parte, en notable decadencia cuando miramos con asombro el fracaso escolar, la tasa de analfabetismo, el fiasco de los modelos educativos actuales, la falta de preparación de muchos licenciados universitarios o el culto a la ley del mínimo esfuerzo que pulula por doquier en el falsamente entendido estado del bienestar. Por mucho que demagogos, ladrones de la voluntad popular, falsificadores de la realidad, voceros del reino a sueldo, y quistes purulentos de populismo tóxico pretendan adoctrinar, especialmente en periodos electorales, sin el trípode de Montaigne (Orden, Método y Disciplina) no hay sociedad, ni empresa, ni familia que se sostenga.

Método y orden siempre van de la mano y uno no puede vivir sin el otro en cualquier faceta de la vida. Para el estadista francés Charles Maurice de Talleyrand-Périgord (1754-1838) “los métodos son los maestros de todos los maestros”. Johann Wolfgang von Goethe (1749-1832), por la misma época, solía decir que “el método te ayudará a ganar tiempo”. F.W. Nichol, alto ejecutivo de IBM, fallecido en 1955, afirmaba que “todos los hombres son inteligentes, pero les falla el método”. Edward Bulwer-Lyttonn (1803-1873), primer Barón Lytton y distinguido escritor y político inglés, dejó entre sus frases célebres: “Todo gran hombre exhibe el talento de la organización o la construcción, sea un poema, un sistema filosófico o una estrategia política; pero sin método no hay ni organización ni construcción posible”. Alisa Zinóvievna Rosenbaum, más conocida como Ayn Rand (1905-1982), una escritora rusa de origen judío, nacionalizada en USA, decía a sus colegas: “Trabajo para mejorar mis métodos, y cada hora que gano es una hora que añado a mi vida”.

No sería exagerado decir que todas las grandes personalidades de las que se puede sentir orgullosa la especie humana, han defendido el orden y la armonía como el sustrato metodológico de sus éxitos; incluso los artistas, que acostumbran a difundir un halo de desorden y alboroto en sus vidas privadas, el cual en no pocas ocasionas arruina su creatividad y éxito profesional, camuflan un orden mental necesario en su aparente desorden. Los que pasan a la historia como grandes genios, caso Pablo Picasso (1881-1973), saben interpretar con elegancia su genialidad: “El arte es una mentira que nos permite darnos cuenta de la verdad”. Esa verdad que perseguía Picasso en su arte es la que busca el científico, el ingeniero, el mecánico, el electricista, el programador, el economista o cualquier profesional comprometido, para los que método y orden son ineludibles.
Nicholas Malebranche (1638-1715), filósofo y teólogo francés, aleccionaba con que “somos criaturas racionales; nuestra virtud y perfección radica en amar la razón y el orden”. Según Thomas Mann (1875-1955) “el orden y la simplificación son los primeros pasos para conquistar un objetivo”.

Aunque todos estos mensajes, fruto de la reflexión, la experiencia y el análisis de la historia, son útiles para cualquiera en lo personal, encuentro oportuno (por la circunstancia política presente), tres perlas. Una es del gran filósofo y matemático inglés Alfred North Whitehead (1861-1947), que dice: “El arte del progreso es preservar el orden en medio del cambio y preservar el cambio en medio del orden”. Otra se la debemos al poeta inglés Robert Southey (1774-1845): “El orden es claridad para la mente, salud para el cuerpo, paz para la ciudad y seguridad para el estado”. La última es una joya de William James Durant (1885-1981), un conocido historiador norteamericano, autor de The Story of Civilization: “Cuando la libertad destruye el orden, las ansias de orden pueden destruir la libertad”.

// Catedrático de Medicina genómica